DOCUMENTAL: FRENTE A LA GRAN MENTIRA.

Os dejo con este documental que han realizado exponiendo la falsedad de la política en España (y en muchos otros países del mundo donde esto coincide, por no decir todos) con las ideas de Antonio García Trevijano. Lo han hecho muy bien y haciendo hincapié en el uso de la emocionalidad antes que la racionalidad, que es algo de lo que casi nunca se habla, exponiendo así una parte de nuestro control mental. Es importante que lo veáis. ¡Un saludo!

DIVIDE ET IMPERA.

Inevitablemente, todos nos decantamos por un determinado bando en cuestiones políticas e ideológicas de toda índole, es algo natural. Y es algo que saben también las élites globalistas que están condicionando a la sociedad humana en todo el planeta hacia sus intereses exclusivos y particulares. Saben que ante un determinado líder de opinión, tendemos a seguirlo en base a nuestras ideas, y que nos ponemos en sus manos, esperándolo todo de ese líder antes que de nosotros mismos. Saben que si provocan un determinado conflicto, habrá una respuesta que surja automáticamente como oposición a ese factor discordante. Y saben que esto es algo que no tiene límite alguno: si potencian este tipo de conflictos entre una población o un país, sus habitantes se dejarán llevar por sus propios deseos de desahogo, de participación en algo colectivo, de frustración tanto personal como con la sociedad en la que vive, y en ese ser arrastrados no habrá freno alguno. Hasta llegar al punto en que los habitantes olviden lo que tienen en común, lo que les une, y solo sean capaces de ver en el otro a un extraño, a alguien que es de otra ideología, de otro pensamiento, que sigue a otro líder, a otro partido o equipo de fútbol, a otro movimiento social. Los verdaderos intereses de toda esa población no serán ya importantes, desviados por la corriente de numerosos conflictos y disensiones que son creadas a propósito por los globalistas, con todo el dinero y la influencia que tienen mediante sus medios de comunicación, asuntos triviales en los que toda la población acaba enfocando sus energías y que no llevan a ninguna parte.

Esto es lo que está sucediendo con el coronavirus. La política está siendo el jugoso anzuelo en el que todos acabamos picando. Como digo es lógico que unos se sientan más afines a un partido u otro (a pesar de que vivimos en una oligarquía de partidos donde todo viene elegido desde arriba, y donde nosotros no tenemos ni la más mínima influencia, solo una ilusión generada por los mass media y las “elecciones” de listas ya establecidas por los partidos). Pero si miramos las cosas desde un punto de vista de meros observadores, sin decantarnos, como si fuéramos un científico frío y neutral (así es como nos ven las élites globalistas, aunque con la clara intención de condicionar nuestras vidas hacia lo que ellos desean) lo que vemos no son más que bucles de retroalimentación positivos. Ha ocurrido esta pandemia, y esto ha dado ocasión a un bucle en el que un bando ataca al otro, y recibe ataques en respuesta. Esos ataques pueden ser dialécticos o duras críticas, algo que es bueno que suceda, sin embargo, eso nos divide a todos los españoles según cuál pensamos que tiene razón. Los de un bando alaban a los suyos como a héroes y denigran a los contrarios como a tiranos o dictadores, y desde el otro punto de vista ocurre lo mismo. Y no nos damos cuenta de que de ese modo nadie habla de los temas que realmente deberían importarnos a todos sin distinción. ¿Quién habla sobre los intereses globalistas que hay detrás de esta pandemia de coronavirus? ¿Quién habla del sistema de la usura y la deuda que oprime a todos los países del mundo por parte de la Banca internacional, que va a enriquecerse enormemente con la crisis económica que ellos mismos han provocado? ¿Quién habla del impulso que va a producirse en la digitalización de la sociedad, o del avance hacia la robotización que ellos tienen claramente pensado? ¿Quién habla de las consecuencias que va a tener todo esto en nuestras vidas, de los cambios que va a haber en la sociedad con lo que llaman la “nueva normalidad”? Solo oigo o leo críticas a un bando u otro, y de lo importante, absolutamente nada.

Así es como César consiguió vencer a los galos, azuzando divisiones entre ellos y haciéndoles olvidar a su enemigo común mediante halagos y promesas falsas, como las que nos hacen los partidos políticos a nosotros. Nuestro enemigo son los globalistas, de los que no oirás nada en los mass media, no son los españoles que siguen otras ideologías, religiones, o partidos políticos. ¡Eso es precisamente lo que los enemigos quieren que pienses! Y por supuesto, digo esto para todo el mundo, siga al bando que siga. Os animo a dar importancia a lo que realmente la tiene para todos, no solo para un determinado sector prefabricado intencionadamente para dividirnos. Dejemos a un lado cuestiones sin importancia, y hablemos de lo que nos debe unir, de lo que temen que nos una. Dejemos a un lado la absurda lucha entre feministas y antifeministas, entre partidarios y opuestos de la “ideología de género”, entre izquierdas y derechas, entre cristianos o no cristianos, entre veganos u omnívoros. Y dirijámonos todos a luchar contra lo que a todos nos afecta: la globalización que nos trata de volver dependientes a todos los niveles, económico, político, social, cultural, psicológico… Y que trata de imponer un gobierno mundial controlado por quienes realmente mueven los hilos. Recientemente la página oficial de la ONU ha cambiado su logotipo, y ha incluido las palabras “New World Order” (Nuevo Orden Mundial) del que han hablado tantos políticos globalistas durante décadas. Es eso lo que nos debería dar escalofríos y hacer salir a las calles. Si nos desviamos de eso, estamos contribuyendo a la globalización sin ni siquiera saberlo.

UN New Economic Paradigm

[Si lo pensáis, los que se enfrentan furibundamente al feminismo, por ejemplo, le dan a este movimiento social excusa y justificación para sus propias afirmaciones cada vez más absurdas e irracionales, para su violencia, aumentando además con esa oposición el número de feministas. Si se ignorase tal movimiento, o se le diera solo la escasa importancia que pueda tener actualmente, entonces se disolvería. Lo mismo ocurriría con fascistas y antifascistas, con derechas o izquierdas, se necesitan unos a otros para subsistir, y no tienen sentido sin su opuesto. Si quieres ir contra algo, no te opongas furibundamente a ello, porque de ese modo lo potencias, ¡ignóralo y caerá por su propia insignificancia! Es por ello que los políticos, los mass media, siempre atizan estas llamas para dividirnos y controlarnos mejor, desviándonos de lo importante.]

DISCREPAR: UN SANO DEPORTE.

Dedico este artículo a un gran amigo, con el que comparto algunas trabas psicológicas (estoy seguro de que también con muchísima gente).

Uno de los grandes problemas de mucha gente es el miedo a discrepar. Discrepar es dar tu opinión frente a otras personas que tienen una opinión distinta ante un asunto determinado. Es algo que debería ser fácil, pues no hay nada malo en pensar de forma distinta a como otros piensan, ni por supuesto en manifestarlo claramente. Seguramente lo hagamos en numerosas ocasiones, con personas con las que tenemos confianza, o que sabemos que nos van a respetar. Sin embargo, hay otro tipo de personas con las que no resulta tan fácil. Se trata de personas que tienen baja autoestima, que no confían en si mismos, y que en vez de nutrirse espiritualmente de sus propios logros, se nutren de hundir o quedar por encima de los demás. Otras veces se trata de personas que están “por encima” de nosotros en una jerarquía laboral, por ejemplo, un encargado, un jefe, etc. Las consecuencias de discrepar con unos u otros nos provocan muchas veces miedo, y en lugar de expresar claramente nuestro desacuerdo acerca de algún tema, ya sea importante o intrascendente, bajamos la cabeza y cedemos a aquello con lo que no concordamos en absoluto. A veces esa opinión contraria puede incluso jugar en nuestra contra, y al tener esta actitud dócil y complaciente, estamos dando la razón a aquellos que solo pueden causarnos problemas.

¿En qué deriva esta docilidad ante estas personas? Solo en una cosa: en rabia y frustración. Aunque se trate de una cuestión sin importancia, el hecho de que otra persona no nos respete hasta el punto de prohibirnos dar nuestra visión del asunto es de por si humillante, algo que atenta a la libertad de expresión individual a la que todos tenemos derecho en todo momento de nuestra vida. Sin embargo, esto es aún peor cuando el asunto es realmente relevante. No expresándonos, damos pie a tergiversaciones, engaños y manipulaciones por parte de otros acerca de nosotros mismos, lo cual, con el tiempo, puede traernos numerosos problemas en la vida. Esa rabia puede interpretarse de dos maneras. O bien como un sentimiento negativo del cual solo nosotros tenemos la culpa y que debemos eliminar a toda costa, o bien como un indicador de algo que hemos dejado de hacer y que deberíamos haber hecho. Si lo piensas, la rabia siempre proviene de eso. Por ejemplo, si no te atreviste a hacer algo (por ejemplo, competir en un concurso, o hablar en público) por miedo, eso te causará rabia contra ti mismo. Si no te defendiste cuando te insultaron o agredieron, eso indudablemente generará un gran nivel de estrés y rabia, de nuevo contra uno mismo. Pues lo mismo sucede cuando no expresamos nuestra verdadera opinión ante determinadas personas, generalmente hostiles, tóxicas y con baja autoestima. Los niveles de rabia irán creciendo, a medida que tales situaciones suceden una y otra vez, sumándose unas a otras, añadiendo leña al fuego de nuestra ira. Y con el tiempo, cada vez será más difícil hacer con calma algo que debería ser lo más simple y cotidiano: expresar nuestros pensamientos e ideas. Hacerlo nos parecerá algo conflictivo, algo malo por nuestra parte, un atrevimiento u osadía, un atravesar una frontera infranqueable.

Y es entonces cuando tenemos un problema de ámbito psicológico. Llegamos hasta el punto de no entender de dónde viene esa rabia, creemos que hay algo malo en nosotros, y que somos efectivamente unos fracasados en uno u otro aspecto de la vida, cuando en realidad, lo que sucede es que hemos sido mansos, sumisos, ante situaciones en las que no deberíamos serlo. No es una falta de capacidad, sino una carencia de actitud decisiva, de valentía. El comportamiento manso y dócil ha sido elogiado por el cristianismo, sin embargo, es todo lo contrario a los valores tradicionales europeos. ¡Hoy en día, se llega a comparar la expresión personal o la discrepancia con el egoísmo! Esta creencia tóxica y perjudicial en que discrepar es negativo si a otra persona le puede disgustar o enojar, es con lo que juegan precisamente aquellos que quieren dejarnos en mal lugar, ¡se aprovechan de nuestras creencias limitantes, y tratan de hacernos ver el mal en nosotros mismos para engrosar, esta vez sí, su egoísmo!

Cuando no expresamos nuestro desacuerdo con los demás por miedo o por creencias malas acerca de nosotros mismos, estamos contribuyendo a dos grandes males. En primer lugar estamos actuando en contra de uno de los grandes valores humanos: el respeto. Si permitimos que otros nos falten el respeto, estamos aceptando (como se aceptan las condiciones de un contrato al firmarlo) que eso es algo bueno, que está bien que alguien no nos respete. Y en segundo lugar, estamos alimentando la baja autoestima y la mala actitud de otras personas, que se crecerán en esa toxicidad en el futuro con nosotros mismos o con otras personas similares a nosotros en este sentido del miedo a discrepar. Y así, en lugar de aportar algo bueno a la humanidad, nos convertimos en el engranaje y la víctima de algo malo, ayudando a su propagación.

LA PSICOLOGÍA DE LAS MASAS.

Muchas veces en esta página web he comentado lo frío, hostil y crudo que es el entorno que nos rodea. Pero quizás nunca he dedicado un artículo exclusivo a detallar el por qué esto es así, el motivo que lo explica. Va a sonar duro y soy consciente de esto, incluso puedo llevarme muchas críticas por afirmar algo así, pero es lo que puedo observar y no por ello voy a callármelo. Son muchas las personas valiosas, bondadosas, nobles e inteligentes que hay en este mundo, seguramente todos hemos podido conocer a más de una, cuando no somos ya una de ellas. Sin embargo, no es esto lo que impera o predomina en la sociedad, sino todo lo contrario. Y lo que es un fenómeno colectivo, no deja de ser también algo individual, pues todo lo colectivo parte de los seres humanos que participan de ello. Es indudable ya que vivimos en una tiranía, pero paradójicamente, no es la que ejercen las élites mundiales, los políticos o ni siquiera la banca la peor de todas, sino la que ejerce el pueblo, es decir, las masas, con su comportamiento, su actitud, su psicología, su resentimiento y su odio.

masas

Esa tiranía de las masas, que ya venía claramente anunciada por Ortega y Gasset en su libro ‘La rebelión de las masas’ por ejemplo, significa el imperio de la mediocridad contra lo que destaca, de la estupidez contra la inteligencia, de lo emocional (fundamentalmente sentimientos negativos y destructivos) contra lo lógico, de la envidia, del rencor, contra aquellos que se salen de la media, que brillan más que otros en cualquier sentido, y que por lo tanto, son un reflejo de la realidad, al emitir su propia luz, su talento, su sano criterio, sobre la realidad oscura, lúgubre y taciturna que las masas imponen.

En realidad, se trata de un miedo ancestral, muy antiguo, a quedar por debajo, fruto además de un bajo concepto de uno mismo. Pensad una cosa: aquellos que no toleran ni respetan la discrepancia, la crítica, la opinión distinta de la suya, ¿no será por miedo a que se demuestren sus errores, sus equivocaciones? En lugar de aprender de aquellos que les pueden hacer ver algo nuevo, o aprovechar la ocasión para desarrollarse y evolucionar, se estancan, se encierran en su burbuja egoísta, en la que se sienten refugiados, porque dentro de esa burbuja ilusoria ellos tienen toda la verdad, son los mejores, y nunca se equivocan. Ojo con quien intente pinchar esa burbuja, que le caerá encima la del pulpo.

perro furioso

Y lo que todos hemos vivido con ciertas personas, es ni más ni menos lo que vivimos todos en la sociedad, queramos verlo o no. No se trata simplemente de que predominen ciertas opiniones o puntos de vista que son casi incuestionables, a los que se conoce como dogmas, sino que la sociedad en su conjunto es un pistón que comprime y aplasta toda creatividad, talento o inteligencia humanas. A nivel cultural, los valores más valiosos de la humanidad, lo que simboliza lo más profundo (el respeto a la Naturaleza, la identificación con nuestra cultura original, etc) queda completamente subyugado a una mecánica de consumo y de gastar dinero, en la que todo es material y superficial. Lo mismo sucede con la mente: las personas que van más allá de la media, que cuestionan, que critican lo que no les parece bien, serán ‘puestas en su lugar’ por el rodillo implacable de lo mediocre, de lo habitual y de lo rutinario.

Ser moldeados por este tipo de trucos psicológicos, de miedo a no seguir a la masa o a lo habitual, de agresividad o indiferencia hacia todo el que se destaca, es el resultado que esa tiranía ejerce en millones y millones de personas que son, en realidad, únicas, maravillosas, potencialmente increíbles, pero que no lo manifiestan en el día a día, ni se atreven a llegar lejos debido a la opresiva situación en la que viven inmersos. Se adaptan, caen dentro del molde, y el mundo pierde con ello lo más valioso que podrían ofrecer en esta vida.

A muchos os atacarán, os denigrarán, os dejarán solos, pasarán de vosotros, tratarán de dejaros en mal lugar, no os elevarán a los puestos sociales que os mereceríais, pero tenéis que saber que nada de eso importa. Existen fuerzas más poderosas que las sociales o la presión de las masas. Mira dentro de ti para descubrir todas esas fuerzas, las que la Naturaleza te proporciona. Llevas a los dioses dentro de ti: ¡no tengas miedo! Vive conforme a tus principios, a tus ideas, a tus valores, no te dejes llevar por los demás, escoge tu camino. Y rodéate de otras personas que no intenten manipularte, que no sean perjudiciales para ti. Intenta, junto a ellas, escapar de esta tiranía insoportable. Y conseguirás mucho más que mendigando relaciones sociales o puestos elevados.

‘Los mortales que nada saben, que andan errantes, con dos cabezas, pues la incapacidad que anida en sus pechos dirige su mente extraviada. Se ven arrastrados, sordos y ciegos, estupefactos, como horda sin criterio, a quienes les da lo mismo el ser que el no ser.’

Parménides de Elea.

NO PIENSO, PERO EXISTO.

Hola a todos, veréis, ayer paseando cerca de mi casa encontré una frase pintada en una pared: ‘No pienso, pero existo’. ¡Y qué frase amigos! Pensando en ello, me di cuenta de que ahí estaba escrito el lema que define los tiempos que estamos viviendo, o mejor dicho, el tipo de existencia que lleva la mayor parte de la población en nuestros días! En efecto, la sociedad esta creada para impedir que pensemos, y si lo hiciéramos, todos sus intereses se verían afectados negativamente, mientras que podríamos defender mucho mejor los nuestros. El engranaje social funciona sin embargo perfectamente, y el aceite que lo engrasa es nuestra ignorancia.

¿Cómo puede existirse sin pensar? Muy fácil: poniendo por delante lo visceral, lo puramente emocional, a la lógica. No preguntándose en ningún momento por qué algo es cierto o falso, sino aceptando lo que es globalmente aceptado por los que nos rodean, o asumiendo sin más lo que se vende desde multitud de ángulos como la vía adecuada de actuar o la postura correcta ante tal o cual asunto, ya sea la izquierda o la derecha, lo alternativo o lo oficial, lo científico o lo religioso, etc. De este modo es como la población engulle, sin pasarlo antes por filtro mental alguno, todo tipo de ideologías o creencias absurdas. Y así es como tantos se dejan llevar por un estilo de vida basado en puras apariencias.

Fuera de ese mundillo ilusorio en el que tantos viven, está el temor a razonar, a cuestionarse las propias creencias, a mirar los propios defectos, a hacer autocrítica, a ver la realidad más allá de una estrecha mirilla predeterminada. Miedo a romper los gruesos muros de la ignorancia por el riesgo a que los principios en los que se basa nuestra vida se pudieran romper. La famosa frase ‘la ignorancia da la felicidad’ es sencillamente falsa. No estamos hablando aquí de una ignorancia que consiste en no haber leído libros, sino en la de no conocerse a uno mismo, ni conocer una gran cantidad de facetas de la realidad que podríamos captar si no hubiéramos perdido la capacidad del raciocinio, la que nos hace humanos.

Lamentable realidad, duro mensaje el de este escrito en la pared. Descripción de la horrible realidad que muchos experimentan de una forma o de otra. Esta ignorancia nos lleva a no vivir nuestra verdadera vida, a no controlar nuestros propios pasos, a no poder disfrutar los unos de los otros. Vivimos aislados solo para que unos intereses completamente ajenos a los nuestros funcionen sin trabas ni obstáculos. Es por ello que no nos reunimos más entre nosotros, que no compartimos más unos con otros, y que no se promueve absolutamente nada que nos haga ver lo que tenemos en común, sino que todo está creado para dividirnos, separarnos, aislarnos en células estancas. Y es que si compartiéramos con los demás de manera más habitual lo que PENSAMOS, nuestra vida sería mucho más plena, nuestra mente y no necesariamente la sociedad funcionarían mejor, y nuestra felicidad aumentaría. No pensar y vivir aislados unos de otros van juntos en todo momento, como dos eslabones de la cadena que nos sujeta e inmoviliza a todos en general. Al ignorar las opiniones, pensamientos o aportes de aquellos que tenemos alrededor y que no salen ni en revistas, ni en la televisión ni en ninguna parte, la sociedad nos puede imponer mejor sus intereses puramente egoístas a través de sus expertos e ídolos de masas, en los que todo el mundo se fija, mientras que se ignoran o desprecian incluso a si mismos.

Hacernos preguntas nos causaría interés hacia los demás, como hacia tantas otras cosas, y el compartir con los demás nos haría pensar mucho más, al disponer de puntos de vista variados y ajenos al nuestro. Pensar nos hace diferentes, frente al imperante ideal de la igualdad que tanto se proclama, no por casualidad, en la sociedad moderna. No pensar nos hace parecer iguales, y comportarnos igual, cuando en el fondo, nuestras diferencias simplemente no se expresan por miedo a romper esa niebla igualitaria que todo lo invade. Y eso ya no es ni siquiera pensamiento único, es una anulación del raciocinio humano. Parece que alguien se ha dado cuenta de esto y lo ha plasmado en la pared.

LA INHUMANA REALIDAD DE LAS CIUDADES.

Muchos de nosotros, probablemente la gran mayoría, hemos nacido en alguna ciudad en el siglo XX o XXI. La costumbre nos ha hecho ver este entorno como un lugar propicio para vivir, apto para ofrecernos todo lo que necesitamos, o incluso mucho más. No sé desde qué ciudad me estás leyendo, pero creo que puedo hablarte con franqueza sea esta cual sea, puesto que las llamadas pequeñas ciudades, o incluso muchos de los llamados pueblos, se han urbanizado tanto que pueden incluirse dentro del mismo concepto de entorno urbano. A lo largo de todo el planeta, de sus cinco continentes, la urbe cumple unas mismas características, y en su interior, sea donde sea, se respira una misma sensación.

En un primer vistazo, las ciudades parecen lugares maravillosos, llenos de luces, de seres humanos que van de un sitio para otro, de altos edificios que requiere una increíble técnica construir. Los vehículos se coordinan con un alto grado de precisión, y hay multitud de cosas que se ofrecen por todas partes: servicios, negocios, tiendas, mercancías prefabricadas… El talento, el conocimiento puesto en este ambiente se percibe enseguida: se requiere un elevado grado de control para que algo así se mantenga. Con sus trabajos, con sus compras, con su ocio, todos contribuyen de una u otra manera al mantenimiento de la ciudad, la hacen funcionar, perdurar y crecer cada vez más.

Una primera impresión nos entusiasma, la novedad es constante, hay multitud de sitios que conocer. Sin embargo, conforme pasamos un cierto plazo de tiempo, pongamos que dos meses, en la ciudad, comenzamos a sentir una especie de pesadumbre. Sin duda, aquí falta algo, algo que no encontramos en ningún sitio, a pesar del bombardeo constante de la propaganda comercial que parece ofrecerlo todo. La tristeza y la soledad nos invaden de repente, y no entendemos por qué. Estos sentimientos parecen contradecir directamente lo que la realidad exterior expone: estamos rodeados de miles de personas cada día, hay miles de negocios ofreciéndonos la felicidad en forma de nuevos alimentos, nuevas experiencias, viajes de turismo, películas en el cine, supermercados, discotecas… ¿Qué clase de ser humano se sentiría triste o solo disponiendo de todo esto a su alcance de forma inmediata?

Muchos son incapaces de entender este enigma. Yo creo que puedo atreverme a responderlo, porque he analizado las causas de por qué a mí personalmente las urbes me provocan este tipo de emociones negativas, entre otras. Ya me diréis si estáis de acuerdo o cuáles son vuestras experiencias personales respecto al modo de vida de la ciudad.

En primer lugar, se nota que el motor de la ciudad es única y exclusivamente el dinero. Todo está enfocado a su ganancia. Lo que parece ofrecerse para nuestro bienestar, en realidad es un medio de conseguir billetes. Por lo tanto, aquellos que nos ofrecen en apariencia tanto, no lo hacen porque nos aprecien, sino porque nos quieren utilizar para su propio beneficio, desde el humilde pescadero hasta el jefe comercial de una gran empresa que manda colocar enormes paneles publicitarios.

En segundo lugar, se nota que las masas de gente que nos rodean, solo son eso: masas. Ni les importamos nada, ni ellos nos importan a nosotros. Nada hay que nos una. Obviamente, esto es imposible cuando somos tantos, ni siquiera podemos conocernos unos a los otros. Por lo tanto, cuando caminamos por la ciudad solos, estamos tan distanciados de los que nos rodean como de los seres humanos que viven en el otro extremo del planeta, en Japón por ejemplo. Es esta una soledad de escala planetaria.

En tercer lugar, se percibe que cualquier cosa que se salga de la normalidad, por ejemplo, colarse en la cola de un supermercado, genera un fuerte instinto en los demás de restablecer el orden, se sienten ultrajados, sienten que alguien se ha aprovechado de ellos. La desconfianza de unos hacia otros es inmensa. La amabilidad solo se mantendrá mientras lo haga el status quo cotidiano, es decir, mientras no se superen los estrechos límites de una serie de patrones de conducta admitidos como los únicos válidos, y normalmente esto ocurre cuando hay dinero de por medio por algún motivo, pues el dinero es lo único que se respeta en las ciudades. La comunicación entre los seres humanos es tan mínima, tan pobre, que en efecto hay millones de personas condenadas a la soledad, a la incomunicación, a la reclusión mental urbana.

Lo que demuestra todo esto es que faltan en la ciudad los valores más elevados de la mente humana. Todo está creado para activar la parte más reptil y primitiva de nuestro cerebro, mientras que la empatía, la comunicación profunda, los buenos sentimientos, la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación, el simbolismo, todos quedan eliminados del entorno urbano. Nada llena el alma: solamente se llenan o se desembolsan los bolsillos. Incluso las relaciones humanas se vinculan con el dinero: pocos son los que pueden relacionarse sin alguna cerveza, comprada a alguna gran empresa, o sin consumir algo en alguna parte, algo que haya sido preparado para ellos de antemano, no ya el producto, sino la experiencia que viven y las palabras que dicen. Su mutua relación consiste igualmente en el consumo de algo.

Psicológicamente hablando, la ciudad es un entorno completamente inhumano, en el que estamos inevitablemente influenciados a nivel colectivo o de masas, para reducir nuestras capacidades mentales más altas y profundas. Y eso es lo que se vive en la ciudad: estupidez, consumismo, materialismo, mentiras, engaños, egoísmo, falta de empatía, miedo, desconfianza.

¿Cómo experimentas tú la ciudad? Si quieres dejar tu opinión, pon un comentario abajo.

Os dejo con un video que os recomiendo ver y compartir. Un gran saludo a todos los que me seguís leyendo.

¿QUÉ SON LAS CONDUCTAS PASIVO AGRESIVAS?

Las palabras ‘conducta pasivo-agresiva’ suenan demasiado complejas para algo que ocurre con tanta frecuencia. Imaginad por ejemplo a un padre que solo permite expresarse a su hijo siempre y cuando este no le lleve la contraria ni le critique, o incluso, sin permitirle hacer bromas acerca de su persona (o personaje). O a uno de esos niños a los que llaman ‘marginados’ porque todo el mundo les hace el vacío, y cuando intentan relacionarse o acercarse a algún grupo de gente de su edad le responden con agresividad o burlas. Es lógico que conforme crezcan se refugien en su mundo interior, el único lugar donde encuentran seguridad, aceptación y comprensión.

Imaginad a un trabajador que no puede quejarse de las pésimas, injustas o simplemente desagradables condiciones que le ponen sus jefes porque de lo contrario, podría perder su empleo. O a alguien que está dedicando mucho de su tiempo y energía en ayudar, cuidar o hacer el bien por otra persona o por los demás, y no recibe más que indiferencia. En efecto, no ver resultados positivos de tu esfuerzo, aunque solo sea el gesto amable del agradecimiento de los demás, o en general no recibir la recompensa que uno merece, es sin duda otro ejemplo de conductas pasivo agresivas. Día a día nos encontramos con gente soberbia, gente que no nos tiene en cuenta como realmente debería si no fuera por, en el fondo, su baja autoestima y su frustración.

Si notas que en tu vida tienes que callarte lo que piensas porque si no habrá consecuencias negativas (pareciera un mero condicionamiento operante) o que los demás tratan de rebajarte cuando hablas ‘demasiado’ o cuando eres ‘demasiado bueno’ (para ellos, que duda cabe) estás siendo sometido a este tipo de conductas y no deberías tolerarlas.

No dejes que te ridiculicen, que limiten tu potencial o que no te permitan expresar las cosas que creas oportunas si crees que son la Verdad.

VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD FRÍA, SOMBRÍA Y HOSTIL.

No puede haber suficientes palabras para describir lo sombría, hostil o fría que es esta sociedad. En otras épocas hubiera sido inconcebible lo que está sucediendo ahora. Cuando voy por la calle, lo único que veo es cómo nada, absolutamente nada une a unos viandantes con otros. Se respira hostilidad contenida, incluso. Es un aroma que flota en el aire, un sentimiento aguardando expresarse a la mínima. ¿De verdad no habéis tenido la misma sensación, no la experimentáis cada día? Aunque seas una persona con buenas intenciones o ideas, nada de eso cuenta para el resto del mundo, y no influye en lo que te conviertes cada vez que sales a la calle a dar una vuelta por la ciudad: en un ser que solo piensa en si mismo, que solo actúa para si mismo y sus asuntos, y que solo habla de si mismo. Cada cual trata de sobrevivir, como si esto fuera una jungla. Y es que, aunque el riesgo de muerte sea menor que en una jungla (cosa que empiezo a dudar) lo cierto es que el comportamiento de las masas está fundado por completo en el miedo a los demás, en el temor a ser aplastados por las circunstancias, en la urgente necesidad de ponerse a salvo, ya sea buscando un trabajo, comprando lo que necesitamos, o sacando dinero del banco. Pero de ahí no pasa: la gente se limita a esto, como si un gravísimo peligro acechara constantemente. Un peligro invisible… ¿cuál será?

Sinceramente, entiendo las altas tasas de ansiedad, depresión y otro tipo de problemas psicológicos. ¡Normal que los haya en una sociedad como esta! Todos podemos pasar por traumas, problemas o situaciones angustiantes. Sin embargo, si algo tiene esta época es que nadie te ayuda de una forma profunda ante ellos. Si ocurre es solo en unos pocos casos y dándose una enorme suerte, sin embargo ¿cuántos seres humanos están solos ante sus problemas, cuántos reciben tan solo una constante indiferencia, cuando no más hostilidad? En esta jungla, los problemas de cada uno nos impiden ayudar a los demás cuando lo necesitarían. El consumo de drogas, de la cual el alcohol es una de las más frecuentes, junto al consumo de ansiolíticos o antidepresivos, se debe a no encontrar solución a los problemas internos, algo que quizá se hubiera resuelto de recibir más apoyo, con una comunicación más profunda, respetuosa y empática, con una preocupación genuina por parte de alguien. Cuando vivíamos en clanes y tribus, esta soledad era inconcebible, y nuestros problemas eran también asunto de todo nuestro clan. Pero claro, ellos eran los primitivos…

Todo este orgullo y soberbia, que no se traduce más que en un profundo aislamiento de unos hacia otros, junto al hedonismo materialista en el que todo está centrado (hedonismo que solo sirve para APARENTAR estar bien o vivir bien), son claros síntomas de una sociedad decadente, próxima a extinguirse y desaparecer. Lo podéis comprobar vosotros mismos. Ocurrió también en la época de la peste negra en el siglo XIV: muchos se dedicaron a dilapidar sus dineros, a consumir, beber alcohol y hacer todo tipo de cosas en otro tiempo inviables. Todo ello motivado por la desesperación y el miedo. Oswald Spengler, el filósofo alemán, no se equivocaba en su obra ‘La Decadencia de Occidente’. Pero esto más que asustarnos, debe representar para quienes seáis inteligentes, un reto o desafío: una oportunidad para salir de esta sociedad, para vivir en el mundo de una forma más natural y autosuficiente, rodeados de gente que os aporte, que os nutra espiritual y anímicamente, y tratando de ampliar vuestra conciencia y de hacer a vuestro entorno todo el bien que podáis. Esta es una vida digna en tiempos como estos.

MENSAJE EN DEFENSA DE UNA COMUNICACIÓN INTELIGENTE.

Buenos días, quería transmitir esta vez una reflexión sobre algo que me llama realmente la atención, creo que una gran mayoría de la gente no es muy consciente de esto. Y sin embargo se trata de algo que debería ser básico, para cualquier persona que se precie de inteligente. Todos sabemos que los verdaderos amigos se pueden contar con los dedos de una mano, y esto es así para cualquier ser humano, tal vez incluso sin excepción, ¡quizá esto sea un recuerdo de nuestro modo de vida ancestral, cuando no vivíamos en grupos numerosos como hoy, sino como máximo de 100 individuos!

Lo que de verdad sorprende y llega hasta a helar la sangre y el ánimo es que, lamentablemente, no son muchas más las personas con las que se pueda tener una comunicación en el genuino sentido de la palabra, quizás no se puedan contar con los dedos de ambas manos y pies. No se trata ya de que haya aprecio o mutua estima, sino simplemente respeto, sensatez y coherencia en lo que se dice. Desde mi punto de vista, relacionarse con otros seres humanos solo merece la pena en el caso de que exista un cierto intercambio de cosas valiosas y positivas para los unos y para los otros, un dar y recibir que beneficie a todos, que genere buenos sentimientos, que ayude, o que transmita simplemente una buena energía o vibración, como suele decirse.

Esto es algo que ha de ser realizado de forma consciente e intencionada por ambas partes, porque de lo contrario, se caería en algo tan insensato como decir cualquier cosa esperando que al otro le interese, normalmente para alimentar una soberbia o engreísmo. Son muchas las personas que, sin preocuparse de si un cierto tema o asunto te interesa o motiva ni lo más mínimo, te hablan de ello. Quienes esto hacen, no es por sondear, pues continúan haciéndolo de forma prolongada en el tiempo, sin preguntarte antes, sin detenerse en comprenderte. Tratan de imponerse, de quedar bien, y por supuesto no aceptan críticas. Incluso, pueden llegar a suscitar lástima si no se les atiende, ¡siendo como son aparentemente incapaces de cambiar su modo de actuar!

Para comunicarse de un modo sano, placentero, inteligente y realmente respetuoso, es imprescindible tener en cuenta al otro, y que esto sea mutuo por ambas partes. Muy lejos de esto, vivimos en la tiranía del quedar bien, en la cual salirse más allá de ciertos límites prestablecidos, prefabricados por los grandes medios de incomunicación (así los califico) o de ciertos patrones colectivamente validados por la sociedad (inducidos en realidad por solo unos cuantos, como bien dice Edward Bernays en su obra ‘Propaganda’) significa que la comunicación se frena en seco, se paraliza, no prospera. Es obvio que la cordialidad y el respeto imponen sus límites, los cuales son racionales, lógicos. Sin embargo, no me refiero a esas fronteras que la dignidad y la inteligencia determinan, sino a aquellas que se salen simplemente de una estupidez rutinaria, de lo que hablan las masas por todas partes porque están programadas colectivamente para hacerlo. Muy escasas son aquellas personas con las que se pueden entablar conversaciones que llenen, en las que no haya la intención expresa de quedar bien, en las que no se recurra a la memoria para el recuerdo de ‘mensajes enlatados o convencionales’.

Puede identificarse además a una persona soberbia porque es incapaz de aceptar o tolerar cualquier crítica. Ante un desacuerdo, esta persona responderá lo que sea para estar por encima, para autojustificarse, incluso cuando lo que hace o dice es despreciativo, insultante, o simplemente fruto de la ignorancia (de la cual es muy difícil sacarles, ya que nunca rectifican). O si no responde, cambiará de tema, eludiendo lo que se les ha intentado hacer ver, o la comunicación cesará en muy poco tiempo. Estas personas, o estas actitudes, no merecen la pena. Por desgracia, son tan frecuentes en la sociedad actual que parece inevitable toparse con alguna todos los días. El único modo de evitar esto es rodeándose el máximo de tiempo posible de gente buena, que aporte realmente cosas de provecho o simplemente agradables, y tratando de compensar una balanza que en esta sociedad en que vivimos, lamentablemente, se inclina mucho hacia la estupidez y la prepotencia.

¿Qué pensáis vosotros de todo esto, cómo lo vivís desde vuestra perspectiva?

LA TIRANÍA DE LA AMABILIDAD OBLIGATORIA.

Buenas, hoy me ha pasado algo que me ha dejado helado por dentro, y pensativo a la vez. Resulta que iba en bici por la calle, por una acera (yo siempre voy con mucho cuidado por la gente) y me tuve que parar debido a que me encontré que una madre vestida como musulmana, un hombre y un niño pequeño bloqueaban el paso. Frené para no pasar cerca del niño por si acaso este no me veía. El padre de repente me pide perdón y yo le digo que no pasa nada. La madre coge entonces al niño como si hubiera hecho algo malo, de mala manera, llevando hacia abajo su cabeza, y luego le coge en brazos. Yo insisto al hombre: tranquilos que no pasa nada, no hay problema… Y lo peor no fue la exagerada reacción de la madre, sino lo que a continuación me dijo el hombre: es normal, si él (el niño) va por la carretera. ¿A qué se debe esto? Estaba ocurriendo en una acera, y si alguien estaba yendo por un lugar que no tocaba ir era yo. Mi pregunta es ¿estamos llegando a un punto, la población en conjunto, en el que nuestra actitud dócil o nuestro miedo nos llevan a negar la propia realidad?

Son varias las posibilidades para explicar una conducta así, que por cierto, está completamente al orden del día allí donde vayamos en todo tipo de circunstancias. Somos dóciles, excesivamente complacientes. Se respira en el entorno una amabilidad falsa, motivada solamente por el miedo a quedar mal, a ser rechazado, al conflicto con el otro, a la discrepancia. La misma amabilidad que podemos ver en las cajeras de un supermercado, en un comercial inmobiliario, o en las grabaciones de las compañías telefónicas. Fuera de esto, parece que veamos en los demás solo amenazas, que no sintamos otra cosa que desconfianza, y eso hasta el punto en el que cualquier interacción que sobrepase un umbral mínimo o establecido por la rutina, eleva los niveles de adrenalina y causa pánico.

Me parece que viene bien recordar unas frases de Etienne de la Boetie, autor de un libro que me quiero leer dentro de poco llamado ‘La Servidumbre Voluntaria’.

La primera dice: Siempre ha pasado que los tiranos, para fortalecer su poder, han empleado todo su esfuerzo en entrenar al pueblo no solo en la obediencia y el servilismo hacia ellos, sino también en adoración’.

Y la segunda: La libertad es la condición natural del pueblo. La servidumbre, sin embargo, se promueve cuando el pueblo es criado en la sumisión. La gente está entrenada para adorar a los dirigentes. Mientras la libertad está olvidada por muchos, siempre hay algunos que nunca se someten’.

Pero esto no es solo un fenómeno que se produzca hacia los gobernantes políticos ni personas de alta jerarquía. No se trata de un asunto político, sino psicológico. Ocurre cada día en las interacciones que se dan entre las personas en la calle, en las tiendas, entre los vecinos de un edificio, en los puestos de trabajo… Incluso con nuestros amigos podríamos estar siendo dóciles sin darnos cuenta, solo para mantener así su amistad. ¿Os han pasado situaciones parecidas?

La docilidad, la conducta pasiva, la amabilidad forzosa y obligada que mantenemos día tras día, acaba explotando en gestos o actitudes hostiles y agresivas. Tampoco es difícil encontrarse gente que a la mínima te manda a la mierda o te insulta, o gente que critica exageradamente a los demás, incluso sin conocerles, o personas que buscan bronca y conflicto. Ayer mismo vi como un chaval joven le daba una patada a un cristal de una famosa hamburguesería (no quiero hacer propaganda) y lo rompía en pedazos, para a continuación marcharse como si nada hubiera pasado. Nadie reaccionó a eso, se siguieron repartiendo hamburguesas y patatas. ¿Vivimos en una sociedad donde todo debe parecer bonito, agradable, hecho por nuestro bien, a toda costa? ¿No será este el dogma más incuestionable de nuestro tiempo, ante el que permanece ciega más proporción de gente? Por qué tanta depresión… ¿no será en parte por atribuirnos todo lo malo a nosotros mismos, por tener que aparentar que todo está bien cuando no es cierto?

Así parece la sociedad en la que vivimos. Habrá amabilidad mientras nada sea alterado en el orden establecido. Si ocurre cualquier alteración, será severamente castigada, y problema resuelto. El descontento, el malestar, la disconformidad, se tapan y ocultan como la mayor abominación que haya nunca existido. He aquí la imagen permanente de uno de los más grandes tiranos de nuestra época: