Para Mí Son Enigmas

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¿CÓMO PREPARAR UN SUELO PARA CULTIVARLO?

Una de las dudas principales que podemos tener cuando queremos empezar a cultivar un terreno, es cómo prepararlo. Muchas veces en Europa nos encontraremos, lamentablemente, con suelos que han sido profundamente erosionados, compactados y agotados. Es algo frecuente que hará que aunque respetemos adecuadamente las necesidades de un cultivo, la cosecha sea muy escasa e incluso que sea imposible tener un rendimiento que nos permita vivir. Los cultivos serán más susceptibles a plagas y su crecimiento estará limitado por falta de agua, materia orgánica y minerales. Una situación lamentable que ocurre debido a la agricultura intensiva, el uso de maquinaria pesada, el excesivo laboreo del suelo, la toxicidad acumulada de los fitosanitarios, la tala de bosques y el excesivo uso de aguas corrientes (ríos o arroyos) para los campos.

Sin embargo, el estado de un suelo no es realmente un factor limitante: ¡mucho es lo que podemos hacer para recuperarlo y devolverlo a la salud! No es como el clima, el cual sí que tenemos que tenerlo en cuenta a la hora de sembrar y planificar los ciclos de rotaciones, los riegos, etc.

Para preparar un suelo hay que hacer en esencia tres cosas.

Primero, si es un suelo que es terreno de pradera, de arbustos (como el matorral mediterráneo) o forestal, es necesario eliminar todas las plantas de dicho terreno, así como en lo posible sus semillas para que no vuelvan a surgir, ya que quitarlas más tarde sería un trabajo excesivo, si se hace a mano. Los árboles han de talarse, así como los arbustos grandes. Se pueden quemar y sus cenizas usarlas para abonar la tierra, o bien para obtener maderas, leña, estacas… Quitar las hierbas de una pradera se puede hacer mediante la cava de zanjas, un método que he leído en el libro “El Horticultor Autosuficiente”. Se trata de delimitar el área a cavar y dividirla en recuadros. Se cava el primero, y luego el agujero se rellena con la tierra del de al lado. Se va haciendo lo mismo con todos los cuadros. Con esto se habrá movido la tierra al completo, y las semillas habrán pasado a una zona profunda donde no puedan germinar. Con cavar a 50 centímetros de profundidad es suficiente.

Sin embargo, una cava en profundidad no es lo más aconsejable, a menos que sea una primera roturación de un terreno silvestre. Como vimos en este artículo: LA LABRANZA DEL SUELO la labranza profunda elimina gran parte de la vida del suelo y con el tiempo se acaba degradando: esto es lo que está ocurriendo a nivel mundial. La suerte es que hay varios métodos y herramientas que permiten convertir un suelo compacto en un suelo mullido y suelto sin necesidad de voltearlo. Podemos así evitar destruir así la vida y perturbar los horizontes del suelo.

En tercer lugar hay que abonar y fertilizar el suelo, echándole todos los nutrientes y materia orgánica necesaria para que recupere su capacidad de nutrir a las plantas. Realmente, el conjunto del suelo debe ser fértil, y estar lleno de organismos vivos. Esto podemos lograrlo de varias formas.

Estos tres esfuerzos han de hacerse no solo para convertir un terreno silvestre en otro cultivable, sino cada vez que se pretenda iniciar una nueva temporada, aunque a menos escala en este último caso.

1. LABRAR EL SUELO CON VOLTEO.

Si se ha dejado un terreno en barbecho y han crecido en él hierbas adventicias hay dos formas de quitarlas: o bien con la azada, o bien, regando y 1 o 2 días después, con el suelo húmedo, arrancarlas con la mano. Este método es más efectivo puesto que el total de las raíces salen con facilidad.

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Para mullir o airear el suelo, se utiliza una laya (horca de 4 dientes), una pala de cavar, una azada o un motocultor. Antes de utilizar la pala o la laya, hay que echar entre 20 y 25 cms. de compost o bien estiércol (de 3 a 4 carretillas por cada 50 metros2). El procedimiento es: primero se clava la horca en el suelo apoyando el pie, unos 25 o 30 cms, y se la mueve un poco hacia delante y detrás. Luego se aprieta hacia abajo con el mango y se voltea el suelo. Los terrones se golpean para disgregarlos. Luego se coloca la horca a 6 u 8 centímetros y se repite el proceso.

2. LABRAR EL SUELO SIN VOLTEO (LABRANZA SUPERFICIAL).

Afortunadamente, tenemos la posibilidad de descompactar el suelo sin necesidad de voltearlo. Con esto conseguiremos preparar un lecho de siembra, hundir los restos de cosecha anterior, abono verde o pradera pre-existente en la primera capita del suelo (no más de 2 o 3 centímetros) y eliminar las hierbas adventicias. Es muy importante respetar esta profundidad de 2 o 3 centímetros, sin superarla.

Para preparar el lecho de siembra, se puede usar un desterronador manual (arriba una imagen), azada, y rastrillo. Para combinar la materia orgánica de superficie con la primera capa, podemos usar un cultivador, o cualquier otro instrumento rotatorio que trabaje a escasa profundidad (pequeñas gradas de discos manuales). Esto logrará inducir un proceso de compostaje superficial.

El mullido del suelo y la eliminación de las hierbas se logra con binas y escardas.

El mullido se opone tanto a la desecación como a la compactación del suelo. Antes de la siembra se hace un “gradeo” (con un instrumento con discos) para quitar las plantas adventicias, y la bina se hace entre las hileras del cultivo ya implantado.

3. NO LABRAR EL SUELO: ACOLCHADO O MÜLCH.

Este método es muy distinto del anterior, ya que por muy degradado que esté el suelo, no hace falta removerlo ni labrarlo en absoluto. A la larga da buenos resultados, pero requiere un tiempo considerable para preparar el suelo. La gran ventaja es el enorme ahorro de agua. El acolchado hace que el suelo retenga mucho mejor la humedad, por dos motivos. El aporte de materia orgánica continuo lo hace muy esponjoso, por ello, capaz de retener mucha agua. Además impide la evaporación al privar al suelo del contacto directo con la luz solar.

Hay varias posibilidades, pongo solo una de ejemplo. El primer paso es cubrir el suelo con una gruesa capa de acolchado (pueden ser numerosos materiales, incluso cartones, con un espesor mínimo de 3 capas). Hay que esperar 1 mes hasta que las malezas se hayan ahogado e incorporado al suelo como humus. A continuación se siembra avena asociada a trébol rojo o blanco. Antes de que florezcan, se cortan y se dejan ahí, sin enterrarlos. Se preparan bancales de 0,8 a 1 metro de espesor, y el largo de lo que ocupe el terreno (accesible en todos los puntos sin pisarlo). Sobre la avena se echa paja o restos de poda previamente triturados (con un biotriturador o máquina chipeadora). Este colchón de avena y paja se tapa luego con una mezcla de compost o humus (70%) y arcilla (30%). Se riega el bancal, y se tapa con paja sin trocear de cobertura. Se esperan 2 meses y ya estará listo para sembrar.

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mayo 28, 2017 Posted by | Biología, Cambio climático / Ecología, Cuidemos el planeta., Tecnología | 3 comentarios

EL CULTIVO DEL GUISANTE

El guisante es una de las plantas que más proteínas aportan y es por ello que se convierte en imprescindible cultivarla cuando se pretende vivir de lo que se produce. Es una planta leguminosa que crece y da abundante cosecha rápidamente, si se las cuida y mantiene, en forma de las conocidas vainas. Es ideal su cultivo en zonas de clima no demasiado cálido, pero tampoco excesivamente frío. Su temperatura óptima de crecimiento está entre 16 y 20 grados de media.

Si quieres cultivarlos, conoce el clima de tu zona a nivel regional y local (no es lo mismo en la ladera de una montaña que en un valle, por ejemplo) y escoge las fechas que más coincidan. Piensa que el guisante aguanta heladas leves, por lo que se lo puede sembrar incluso un mes antes de que llegue la última helada. Para acelerar la germinación y que las raíces crezcan más rápido, se puede poner las semillas en agua 1 día antes. Así se previene que las débiles raicillas sean invadidas por los hongos, cuando sus paredes son finas. La siembra se hace a unos 5 centímetros de profundidad.

Hay múltiples variedades, que se diferencian en la altura de la planta. Se trata de una trepadora, a la cual hay que ponerle siempre tutores, que pueden ser simples cañas o palos, a los que ir atando el tallo principal con hilos o cuerdecillas conforme crezca, para elevarla del suelo. Los palos se pueden poner antes de sembrar, y colocar una semilla a cada lado, formando hileras dobles. Por supuesto, esto es solo una de las posibles formas de siembra. Algo muy recomendable es combinarlo con otras hortalizas, por ejemplo, una hilera de guisantes y otra de lechugas, rábanos, zanahorias, nabos, pepinos, judías, espinacas, coliflor, brócoli… Evitando porque hay una incompatibilidad, juntar el guisante con las cebollas o los ajos. En todo esto hay que tener en cuenta que las fechas de siembra de una y de otra, y sus desarrollos, pueden ser muy diferentes. Se suele dejar de 80 a 120 centímetros entre hileras de guisantes.

Otra opción es la siembra en cuadros, y no en hileras. Esto es especialmente favorable en una variedad española llamada tirabeque, que es de enrame. Los palos son totalmente necesarios aquí.

El tipo de suelo también ha de tenerse en cuenta. El guisante no necesita apenas riego o materia orgánica aportada desde fuera, no es muy exigente en ello siempre que el suelo la tenga. Si hay carencia, obviamente hay que proporcionarle lo que necesita. El acolchado es muy bueno para retener el agua e impedir encharcamientos (que favorecen a hongos como la antracnosis y el oidio o blanquilla). Pero sí hay que regar antes de sembrar, como es habitual en muchas plantas, y también durante la época de floración y de engrosamiento de las vainas, al menos 3 o 4 veces. Fertilizar justo antes de sembrar también es necesario. Posteriormente, el cultivo de guisante aportará abundante nitrógeno al suelo, por su asociación con bacterias Rhizobium.

Tarda alrededor de 100 a 150 días en dar vainas maduras. Deben ir recolectándose por la mañana con las manos, antes de que endurezcan (en cuanto se noten llenas). Es un cultivo de invierno-primavera pero esto varía según el clima local.

mayo 13, 2017 Posted by | Biología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 7 comentarios

EL CULTIVO DEL TOMATE.

El tomate es una de las hortalizas que más se cultivan en todo el mundo, y más imprescindibles en nuestra alimentación. De nuevo, nos encontramos con miles de variedades, cada una de ellas de forma y tipo de crecimiento distinto pero en esencia se distinguen dos tipos de tomateras: las arbustivas, que dan todos los frutos de una sola vez (se utilizan para conservar el tomate, en forma de salsa, zumo… mediante congelación o enlatado) y las que tienen un crecimiento hacia lo alto (con ayuda de estacas) y que dan tomates a lo largo de toda la temporada.

Como se trata de una planta fundamental, voy a contar en detalle cómo cultivarlo de forma autosuficiente. Esta es una información que se puede encontrar en muchísimas páginas web y libros, de forma más profunda, pero una vez más lo hago para compartir con vosotros experiencias o dudas que nos surjan (todos nosotros en nuestra casa, si tenemos terraza y un clima caluroso, podríamos tener nuestros propios tomates, aunque es una planta de bastante crecimiento y necesita altura).

GERMINACIÓN

Las semillas del tomate pueden sembrarse en bandejas ya preparadas o en porciones de terreno especiales dedicadas a eso, o incluso en vasos de plástico. El tomate es una planta que no tolera las temperaturas bajo cero, de modo que se puede poner a germinar de 6 a 8 semanas antes del trasplante, que ocurrirá justo cuando ya hayan pasado las heladas (dependiendo de la variedad, será más temprano o más tarde). A los 5 o 10 días germinan las semillas. Hay que regarlas frecuentemente, sin inundarlas. Cuando tengan 2 hojitas o ramitas, se pasan a macetas más grandes. El sustrato de estas macetas ha de ser ligero, y una combinación que se recomienda, aunque hay otras es: 1 parte de turba de esfagno, 1 parte de vermiculita, y 1 parte de perlita, materiales que se pueden conseguir con facilidad, aunque con dinero (hay alternativas sin dinero). El esfagno tiene propiedades antifúngicas.

Sobre todo se ha de asegurar que el sustrato esté previamente esterilizado (sin otras semillas y sin posibles hongos perjudiciales). El suelo de nuestra huerta se puede usar pero solamente si se esteriliza: esto puede lograrse calentándolo a 82 grados C como mucho, si se sobrepasa esta temperatura el suelo emitirá elementos tóxicos.

Al pasar las plántulas de las bandejas de germinación a las macetas o cubos, hay que mirar atentamente si alguna tiene problemas de hongos (Pythium, Rhizoctonia, Phytophtora…) que suelen atacar en esta fase de fragilidad. Si observamos hongos, hay que retirar la plantita.

Antes de poner las semillas en el sustrato, hay que regarlo, e incluso, hay que mezclar previamente este sustrato con agua caliente removiendo ambos con una cuchara de madera u otro utensilio estéril.

PLANTACIÓN

Si estamos a 10 o 14 días de la última helada, y la temperatura es cálida tanto por el día como por la noche, es momento de poner las tomateras en su lugar definitivo. Es preferible hacerlo cuando el Sol no pegue fuerte, por ejemplo, un día nublado, o bien a horas del amanecer o atardecer: las plantas pueden quemarse pues ahora son débiles. Conviene dejar unos 50 centímetros entre cada planta, y 80 centímetros entre hileras.

En la siguiente imagen se ve un cultivo de tomate con estacas y con un acolchado de paja.

Para plantar, se cavan agujeros 2 veces más grandes que lo que ocupa una raíz de tomatera (o el cepellón de tierra a su alrededor) y de unos 15 centímetros de profundidad. 1 hora antes de plantar hay que regar bien las macetas de tomates. Una vez colocada la planta, un tercio del agujero se rellena con tierra de alrededor, y el resto con compost y algún fertilizante especial. Se añade agua, se entierra parcialmente la parte inferior del tallo, y se cortan las hojas inferiores.

Opcionalmente, se puede clavar una caña o estaca al lado de donde se pondrá cada planta, que servirá como tutor, para mantener a la tomatera erguida hacia arriba. Para eso, conforme vaya creciendo, tendremos que ir atando las nuevas ramas a dicha estaca o palo alto, con cuerdas o hilos. Esto tiene sus ventajas y desventajas pero es muy recomendable hacerlo: lo único, es que se necesitará regar un poco más.

CUIDADOS Y MANTENIMIENTO

El tomate necesita un riego muy frecuente y continuado en el tiempo, sin interrupciones. Esto es crucial para evitar grietas en los frutos y numerosas enfermedades.

Aquí es donde tenemos que mencionar el acolchado o mülch de nuevo. Para hacerlo tenemos que extender una capa de algún material (hay muchos: paja, hojas secas, césped, compost, hojas de periódico, o plástico negro) en nuestro terreno (al menos, en las hileras donde están los tomates). Conseguiremos con esto retener mucho mejor la humedad y evitar el crecimiento de otras plantas que nos perjudicarían, evitándonos el esfuerzo de quitarlas nosotros. Eso sí, ¡nunca hacer el acolchado hasta que hayan pasado de 3 a 5 semanas tras la plantación!

Los tomates dan fruto en pocas semanas. La fertilización ha de hacerse cada 3 o 4 semanas desde que aparecen los primeros frutos pequeños. Antes de eso, justo después de plantar, ver que las hojas amarillean es un indicio de que no se ha fertilizado bastante (el tomate es muy exigente en nutrientes). En tal caso simplemente hay que añadir más compost o el fertilizante especial de que se disponga. Preferentemente algo rico en calcio, como la harina de huesos, ya que la deficiencia de calcio es una de las causas de que aparezca una de las peores y más comunes plagas del tomate: la podredumbre.

Para fertilizar se retira la capa de mülch, se vierte el fertilizante y a continuación se riega. Luego se vuelve a poner el beneficioso acolchado.

A los tomates les salen primero hojas en las ramas principales, pero luego, del tallo principal directamente en la base de cada rama, salen unas hojas que luego darán nuevas ramas. Conviene quitar estos “chupones” ya que su desarrollo hace que no llegue tanta energía a los frutos. Es mejor tener pocas ramas con frutos gruesos y grandes, que muchas ramas con menos cantidad de frutos en total. También hay que ir quitando con el tiempo las hojas inferiores, que van amarilleando y pueden ser fuente de hongos y bacterias peligrosas.

De 60 a 85 días después de plantar ya se puede empezar a recolectar, según la variedad.

abril 25, 2017 Posted by | Biología, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 3 comentarios

EL CULTIVO DE LA PATATA.

La patata es una gran fuente de hidratos de carbono, y también contiene mucho potasio. Es además fácil de almacenar durante el invierno, por lo que cultivarla se convierte en algo casi esencial para el que quiera sobrevivir por sus propios medios.

Son miles las variedades de patata que existen, que aparte de ser distintas por su resistencia a las condiciones ambientales y a las enfermedades, dan lugar a una variedad de tubérculos muy grande, muy distintas de las que solemos ver en el mercado. Sin embargo a la hora de cultivar lo que tal vez sea más importante es distinguir entre variedades “tempranas”, que se pueden sembrar en pleno enero y plantarse en el exterior a mediadios de marzo, o variedades más tardías, que prefieren una época más calurosa.

Es una planta que viene de los Andes, y prefiere una temperatura que vaya de 13 a 18ºC. Como la mayoría de hortalizas, hay que plantarla en el suelo al exterior solo una vez que la temperatura sea superior a 7ºC. El proceso de formación de la patata se llama tuberización. Se trata de un tubérculo, es decir, no es un fruto sino una reserva de energía que se forma en las raíces de 90 a 100 días una vez plantada, y que utiliza para dar flores y frutos durante ese mismo año. Luego, las semillas atraviesan una etapa de letargo en el suelo hasta que encuentran buenas condiciones para germinar (recordemos que toda semilla necesita 3 condiciones para germinar: agua, aire y temperatura adecuada). La polinización suelen hacerla abejas, u otros insectos voladores, pero en general se intenta evitar la formación de frutos, o recoger el tubérculo antes de que esto ocurra, porque consume la energía almacenada dentro de la patata.

La planta es muy sensible a las heladas, si hay riesgo de noches por debajo de 0ºC hay que cubrirlas o protegerlas. Otra alternativa es esperar a que pase ese riesgo y hacer una siembra previa en un lugar interior, en un recipiente cualquiera: una maceta o una caja de huevos pueden servir para eso. No se utilizan semillas, sino que los de los tubérculos salen unas yemas o brotes que generarán nuevas plantas. También se les llama “ojos”. Hacer esto conviene sobre todo en variedades tempranas.

A la hora de sembrar los tubérculos con yemas ya aparecidas en la tierra, hay que evitar que estén muy cerca de la superficie porque el contacto con la luz solar los hace verdes. Hay que enterrarlos a 7 u 8 centímetros. Prefiere un suelo profundo, suelto, con mucha materia orgánica (que retendrá muy bien el agua) y con un pH entre 5,5 y 6. De todos modos, se adapta bastante bien a muchos tipos de suelo, exceptuando los pedregosos o excesivamente compactados. Por norma general se planta en hileras, dejando entre 50 y 70 centímetros entre cada hilera o surco. Se ve muy favorecida si se echa estiércol previamente a la plantación, pero este debe echarse 3 meses antes de la misma, porque el estiércol durante la época de calor se pudre y es fuente de enfermedades. Cuando se plante, ya debe estar bien descompuesto.

Nutrición de la patata: Para la patata son fundamentales nitrógeno, fósforo y potasio. El nitrógeno aumenta el crecimiento de las hojas y la tuberización. El fósforo también activa la tuberización (hace que se desarrolle antes) e impide el ennegrecimiento interno de la patata y aumenta su contenido en fécula (que hace al tubérculo comestible y dulce). El potasio es especialmente importante: da resistencia a heladas, sequía o enfermedades (en especial el mildiu, que es la peor de todas). También aumenta el tamaño de las patatas. Es muy sensible a la deficiencia de magnesio: esta se empieza a notar con amarilleamiento de los nervios de las hojas, y en casos graves la planta muere. Aportes de zinc la favorecen mucho. Es muy exigente de agua: variaciones entre períodos secos y húmedos hacen que aparezcan grietas, surcos y estrechamientos.

El aporcado: El aporcado consiste en cubrir con tierra, de un lado y del otro de la hilera, la planta hasta una cierta altura (sin llegar a tapar las hojas, claro). Esto tiene varios beneficios: hace que no le de la luz del sol a las patatas, así no enverdecen, hace que tengan más espacio para crecer, y se eliminan herbas adventicias de los surcos.

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Cultivo en contenedores:

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abril 8, 2017 Posted by | Biología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 7 comentarios

EL CULTIVO DEL NARANJO.

Tras el artículo sobre la cebolla, paso a describir el cultivo del que quizá sea el árbol cultivado más frecuente en mi tierra (Valencia), el naranjo. De hecho hay una variedad de naranja llamada Valencia que es una de las más habituales. Una fruta que recomiendo a todos comer a menudo cuando sea la temporada, por su contenido en vitamina C. Aunque es un árbol subtropical, crece muy bien en la zona mediterránea, ya que lo que más necesita este árbol es recibir una alta cantidad de luz solar, y no estar expuesta a un frío intenso (las heladas de hecho pueden matarlo). Es muy sensible también al exceso de humedad y a una alta salinidad. Requiere muchísima agua. Su nombre científico es Citrus sinensis L. Osbeck.

Empiezo contando un poco la vida de un naranjo. Como muchos árboles, nace a partir de una semilla, que se siembra en un vivero. En los viveros la plantita crece y se desarrolla durante 1 o 2 años, durante los cuales nunca produce flores ni frutos todavía. Pero en estos viveros hacen otra cosa: los injertos. En los naranjos que luego se llevan a un campo para plantarlos, hay dos variedades, e incluso a veces hasta dos especies distintas combinadas. Las raíces y el tronco pertenecen a lo que se llama el ‘portainjerto’. Este suele ser una variedad muy resistente al frío (aunque nunca tolera temperaturas bajo cero) y a varias enfermedades. El portainjerto más utilizado es sin duda el Citrange Carrizo, pero hay otros: Citrange Troyer, Citrumelo, Mandarino Cleopatra, naranjo amargo, etc.

El injerto corresponde a una variedad que da abundantes y dulces frutos. La naranja dulce es de la que nos ocuparemos en este artículo, pero hay multitud de cítricos: limones, limas, pomelos, mandarinas…

A los 2 años aproximadamente, se lo lleva a plantar en un campo, con las raíces rodeadas de tierra formando un cepellón, y dentro de un recipiente. A los cuatro o cinco años desde su germinación en el vivero, ya comienza a dar frutos. Producirá abundantes frutos durante 20 años, y desde entonces irá disminuyendo su producción, en lo que se llama el envejecimiento del árbol. Puede alcanzar los 10 metros de alto, pero suelen tener entre 3 y 7 metros.

Plantación: Una vez escogido del vivero el árbol que buscamos (aunque también podemos plantarlo nosotros mismos a partir de una semilla, lo que tarda más y requiere aún más cuidados) tenemos que elegir un lugar que sepamos que va a recibir abundante luz solar y que tenga un pH neutro o tan solo ligeramente ácido. Los suelos calcáreos o con pH mayores que 7 dan bastantes problemas sobre todo para la absorción de nutrientes como el hierro y el magnesio, dos minerales que suelen ser agregados como fertilizantes en los cultivos a gran escala.

Hay que cavar un agujero que sea el doble de ancho que el recipiente donde viene el naranjo, y alrededor de 1,5 veces más profundo. Luego mezclar esta tierra con compost que hayamos elaborado, y dicho compost preferentemente hecho con abundancia de elementos animales (restos de carnes o pescados, excrementos, gallinaza, etc) y añadir la mezcla a la base del agujero. Si el suelo es pesado o arcilloso, conviene añadirle algo de arena porque esto favorece el drenaje (el flujo de agua hacia abajo en el suelo, sin que haya encharcamientos, que son fatales para el naranjo). Se coloca el árbol dentro y se rellena con tierra. Se riega con abundancia. La plantación debe hacerse en primavera cuando todo riesgo de heladas haya pasado.

A los naranjos les beneficia mucho un mülch o acolchado de materia orgánica, por ejemplo de estiércol, hojas, o (mejor aún) de compost. Esto disminuirá la evaporación del agua del suelo, y liberará nutrientes de forma paulatina. Pero hay que estar muy atento a no echar este acolchado en las inmediaciones del tronco, porque la acumulación de humedad favorecería la aparición de hongos como Phytophtora citrophtora (causante de la gomosis de los cítricos) o la Armillaria mellea.

EL naranjo requiere mucha agua, más que el limonero. Generalmente se quitan hojas o algunas ramas del árbol cuando se acumulan demasiadas hojas en el centro, para asegurar que hay un flujo de aire en el interior de su copa (esto impedirá muchas plagas y favorecerá la fotosíntesis).

https://www.regenerative.com/magazine/seven-tips-growing-citrus-trees

abril 2, 2017 Posted by | Biología, Cambio climático / Ecología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | Deja un comentario

CÓMO CULTIVAR LA CEBOLLA.

Empezando con las cebollas, poco a poco iremos informando en el blog de cómo se cultivan las frutas, hortalizas y plantas que más necesitamos para vivir y alimentarnos. Nos centraremos en los aspectos más prácticos y en la perspectiva de un cultivo autosuficiente (sin recurrir al mercado) que sin duda es más difícil y requiere más esfuerzo, y también es más arriesgado, pero que merece la pena. Estos artículos son principalmente para que los que tengáis experiencia directa aportéis información, y para resolver dudas sobre cómo cultivar.

SIEMBRA

La cebolla normalmente se siembra en un almácigo o semillero. Las semillas tienen 3 milímetros de diámetro, por lo que se entierran en orificios de 1 centímetro (el triple) y esto ocurre con la mayoría de las plantas a la hora de sembrarlas. En cada agujero se recomienda meter 1 o 2 semillas, aunque son muy pequeñas, luego se cubre con tierra, se aprieta un poco y se riega. La brotación se observa a los 15 días. El semillero puede llegar a producir 1.000 plantas por metro2, y a los 3 o 4 meses hay que proceder al trasplante al lugar definitivo de crecimiento. El semillero es un lugar donde las plantas germinan y crecen un poco. Es un medio especial del que ya haremos un artículo: al inicio de su crecimiento las plantas son más sensibles. En el caso de la cebolla hay que trasplantar cuando las plántulas tengan de 6 a 8 centímetros de altura (la única hoja alargada y fina que tendrán por el momento).

TRASPLANTE

Antes de hacer el trasplante hay que aflojar el suelo y echar compost encima. Aflojar significa romper la costra superficial o los terrones que se hayan formado, para “ablandarlo”. Se pueden ubicar las plantas en la tierra directamente, pero también en camas de cultivo (fragmentos de terreno a un nivel más alto, rodeados de madera por ejemplo) o en macetas, pero siempre hay que asegurarse de que haya al menos 30 centímetros de profundidad, si no no podrá crecer bien.

Las pequeñas plantitas hay que cogerlas con sumo cuidado y no dañar las raíces. Hay que realizar orificios en el terreno que sean lo bastante profundos como para cubrir hasta donde empiece la hoja. Ubicar las plantas a unos 15 cms. de distancia en la hilera o caballón, si son de bulbo grande, y a unos 8 cms. si son de bulbo pequeño (esto depende de la variedad escogida). Una vez colocadas las plantas en sus agujeros, hay que tapar con tierra y regar inmediatamente. También habrá que regar desde este momento a intervalos de 15 a 20 días.

El ciclo total dura 3 o 4 meses. Primero crecen las hojas y raíces. Luego esto se detiene y es cuando el bulbo se empieza a formar y engrosar debajo de la tierra. El bulbo es un conjunto de hojas subterráneas encajadas entre sí, que acumulan nutrientes (azúcares y aminoácidos). La planta hace esto por ella misma: el bulbo es su reserva de energía para la época de floración y reproducción sexual. Esto se produce cuando comienza el segundo año. A los 3 o 4 meses la planta ya ha hecho el bulbo y ya se puede extraer para consumirlo o almacenarlo.

SALUD DEL CULTIVO

Numerosas plagas pueden afectar a la cebolla pero para evitarlas en la medida de lo posible, tenemos que tener en cuenta las preferencias de la cebolla. Se necesita un suelo con un pH de 6 a 6,5 es decir, un poco ácido, que no sea un suelo calcáreo. Respetar la mencionada densidad de siembra y la abundancia de materia orgánica. También hay que sembrar en el momento adecuado: cada variedad de cebolla es distinta. Unas son tempranas y se pueden plantar en pleno invierno, otras son más tardías (de día largo se llaman también) y no se han de plantar hasta que vengan los días más calurosos.

Asociaciones que se han visto muy positivas con la cebolla son: la lechuga, tomate, remolacha, fresa, manzanilla, calabacines… Muy conocida asociación es la de cebollas y zanahorias, puesto que la cebolla ahuyenta a la peligrosa mosca de la zanahoria. Puede plantarse una hilera de cada una, por ejemplo. Hay varias formas de hacer las asociaciones.

marzo 30, 2017 Posted by | Biología, Cambio climático / Ecología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 3 comentarios

CÓMO FABRICAR JABÓN.

En las grandes ciudades de hormigón en las que vivimos, con sus bosques de antenas y su alta tecnología, hemos olvidado algo tan simple como elaborar jabón. Hasta tal punto que vamos a comprar al supermercado o la droguería productos que contaminan la naturaleza y que resultan tóxicos para nosotros para lavarnos a diario. Si usted se para un momento a mirar la composición química de un champú o un gel de baño de los que se usan habitualmente, e investiga, encontrará que la cantidad de sustancias que contiene es enorme y además, muchas de ellas son perjudiciales para su salud (ftalatos, bisfenol, diversos cancerígenos).

Si queréis buscar información apropiada sobre alguna de estas sustancias, os recomiendo que pongáis su nombre en la siguiente web, donde pone ‘Search for Chemicals’: https://echa.europa.eu/

La ignorancia sobre la elaboración del jabón demuestra lo alejados que estamos de la experiencia y lo mal que se enseña la ciencia. La química detrás del proceso es muy simple. Que podamos estar asustados por el simple hecho de tener que ponernos unos guantes o gafas de protección, demuestra el miedo que nos han implantado a la experiencia real de las cosas. ¿Qué nos impide realmente hacer nuestros propios jabones, que en nada envidiarían a los industriales?

A un nivel muy básico todo lo que se necesita es agua, un hidróxido (puede ser la sosa o la potasa, y esto marca una importante diferencia) y un aceite vegetal (pueden ser muchos: oliva, girasol, coco, colza, palma…).

En primer lugar tenemos que echar al agua, muy poco a poco, la sosa (hidróxido de sodio) o la potasa (hidróxido de potasio). Si queremos conseguir un jabón sólido y firme, es preferible la sosa, y la potasa para jabones más viscosos o líquidos. Al contacto con el agua la parte positiva y negativa se separan y esto libera calor. Es una reacción que libera mucha energía y debemos estar protegidos de las salpicaduras, que son corrosivas si tocan nuestra piel.

Una vez se estabiliza la disolución, se echa el aceite vegetal poco a poco y se da vueltas con un un utensilio de madera (una cuchara) durante un tiempo de varias horas. Poco a poco, la mezcla irá cogiendo la consistencia de un puré. Este es el momento adecuado para agregarle esencias si queremos, las cuales son aceites esenciales (os recomiendo este artículo: ¿QUÉ SON LOS ACEITES ESENCIALES? ). Estos darán al jabón su olor agradable y aparte algunos aceites mejoran propiedades de la piel.

También se le ha podido añadir un colorante si queremos que el jabón tenga un determinado color: azul, rojo, amarillo, verde… Hay muchos colorantes de origen natural con todos estos tonos de color.

El jabón son sales de un ácido graso, y se hacen de la combinación de los triglicéridos del aceite con la parte positiva de la base. La reacción química se llama saponificación y es esta:

Sin embargo, ni siquiera es necesario entender esto para hacer el jabón uno mismo. La experiencia hace al maestro incluso sin los conocimientos teóricos que proporcionan los científicos.

MOLDEADO.

Para darle una forma determinada al jabón es necesario elegir un molde. Los más habituales son de silicona o de madera, aunque hay de más materiales. El jabón se solidifica lejos de la luz solar directa, en un entorno seco.

marzo 28, 2017 Posted by | Cambio climático / Ecología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 5 comentarios

CÓMO PREVENIR LAS PLAGAS DE LOS CULTIVOS.

Hoy en día hay muchos fitosanitarios y métodos de control de plagas (pueden ser animales, vegetales, hongos o algunas bacterias) que se pueden conseguir en el mercado, desde algunos que son verdaderamente tóxicos como los piretroides (la permetrina) los neonicotinoides (el imidacloprid) o los organofosforados (el clorpirifos) por ejemplo, hasta otros que son totalmente “ecológicos” y no dejan ningún residuo ni en el cultivo ni en el medio ambiente, por ejemplo, el control biológico, las trampas de feromonas (método de confusión sexual por ejemplo) etc. Hay incluso productos basados en comunidades de organismos vivos, como los de una empresa para la que actualmente trabajo de comercial.

Sin embargo, en este blog os queremos animar a actuar sin necesidad de recurrir al mercado en ningún caso. ¿Es posible mantener un cultivo sin plagas y sin utilizar ninguno de estos productos? Rotundamente sí, pero requiere una serie de cuidados y de conocimientos bastante profundos. Algunas veces aparece un foco de una plaga y hay que saber qué hacer para que no se extienda. Pero la base para conseguir esto es la prevención. Tenemos que tener en cuenta muchos factores y poner en práctica una batería de medidas que casi con toda seguridad harán que nuestros terrenos no tengan organismos perjudiciales en exceso.

1) Tenemos que intentar utilizar variedades autóctonas que sepamos que están adaptadas al suelo y al clima de una determinada región. Si no, tenemos que intentar adaptar el suelo a nuestra planta.

2) Hacer ciclos de rotaciones adecuados. Se trata de no cultivar lo mismo en la misma parcela o bancal en distintas temporadas (la temporada abarca un ciclo de desarrollo completo).

3) Hacer asociaciones de cultivos beneficiosas dentro de la misma parcela. Algunas plantas ahuyentan a las plagas de la otra, o crecen más si las juntamos una con la otra. Las plantas aromáticas intercaladas en un cultivo hacen funciones muy positivas.

4) Hay que incrementar todo lo que se pueda la fertilidad natural de la tierra, principalmente añadiéndole materia orgánica descompuesta mediante el compostaje.

5) Evitar el exceso de humedad mediante un riego adecuado (si hace falta regar, a veces no es necesario) y mojar las hojas, hará que los hongos no aparezcan o no se transmitan. Hongos como el oidio, la roya, el mildiu y la podredumbre de las raíces requieren mucha humedad. No se recomienda un riego por aspersión. El riego por goteo reduce mucho la acumulación de agua, pero requiere una maquinaria de regulación muy compleja.

6) En el caso de hongos, retirar cuanto antes las partes afectadas. Hay que vigilar el cultivo con frecuencia.

7) Evitar plantas adventicias como la correhuela (que siempre suele transmitir el oidio) y una excesiva densidad de siembra: ¡las plantas deben estar bien aireadas!

8) Evitar un exceso de nitrógeno, pues debilita a la planta frente a hongos y numerosos insectos.

9) Mantener en la medida de lo posible animales beneficiosos dentro de nuestro campo: insectos depredadores como mariquitas, crisopas entre otros, frenarán a las plagas. Se ha descubierto incluso una mariquita amarilla de 22 puntos que se alimenta de los hongos perjudiciales.

10) Mirar continuamente el envés o parte inferior de las hojas por si hay animalillos chupadores: mosca blanca, pulgones, araña roja o trips. Si se detectan en alguna planta, el jabón potásico los elimina por contacto directo. Esta sustancia se vende como sales de potasio o laureato de potasio, pero es sencillo hacerlo por uno mismo.

marzo 28, 2017 Posted by | Biología, Cambio climático / Ecología, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 1 comentario

DEFICIENCIAS DE NUTRIENTES EN LOS CULTIVOS.

Cuando tenemos un cultivo es importante saber reconocer los síntomas que aparecen en las plantas. Algo que es fácil mediante la observación es diferenciar si unas señales indican una deficiencia nutricional (es decir, que al suelo le falta algún mineral que las plantas necesitan) o la presencia de un organismo que puede ser o es una plaga. Cuando en una planta vemos que el síntoma se da uniformemente en todas las hojas, o que aparece en todas las plantas al mismo tiempo, se trata sin duda de una carencia nutricional. Si en cambio, el daño tiene un foco localizado, o dentro de una planta, aparece en algunos puntos concretos y a otros no les pasa nada, eso indica que hay un organismo dañino, como un hongo (la roya, el oidio…) o un animal (una oruga o pulgones por ejemplo).

Una planta necesita absorber varios minerales a través del agua que toman sus raíces. Esos minerales del suelo podrían estar en abundancia y sin embargo, no ser asimilables por las raíces. Los minerales solo pueden ser tomados cuando están en un estado químico concreto, normalmente en combinación con el oxígeno (por ejemplo: el nitrógeno en forma de nitratos NO3, o el fósforo en modo fosfatos PO4). El pH es un factor que afecta mucho a esto: los pH básicos (mayores que 7) producen dejan más calcio disponible para la planta, pero el calcio compite con otros cationes positivos, como el potasio, el sodio o el magnesio. Se trata de un equilibrio, que merece la pena llegar a entender, porque según la especie de planta que vayamos a cultivar, crecerá mejor o peor según su disponibilidad de minerales en un cierto suelo. Por ejemplo las patatas necesitan mucho potasio, las hojas verdes (coles, lechugas, espinacas…) mucho nitrógeno.

El potasio hace crecer y desarrollarse a las raíces.

El nitrógeno por definición es el mineral más necesario para el crecimiento de las hojas.

El fósforo es esencial para el desarrollo de flores y frutos (la transformación de flor a fruto se llama cuajado).

DEFICIENCIA DE NITRÓGENO.

El nitrógeno es un componente esencial de las proteínas y de la clorofila y su falta produce un crecimiento menor de las hojas, y se inhibe el crecimiento de los tallos tanto en longitud como en grosor. Las hojas adquieren un color verde pálido o amarillento, y con el tiempo se marchitan y secan. La planta, en compensación, mostrará un elevado crecimiento de las raíces, más de lo normal, en busca del preciado nitrógeno. La clorosis (o palidez por falta de clorofila) es más evidente en las hojas más viejas que en los nuevos brotes (es decir, en las zonas de abajo, como podéis ver en la siguiente foto). Esto tiene una explicación: cuando falta nitrógeno, los brotes para continuar creciendo lo absorben de las partes más viejas de la planta. El nitrógeno tiene capacidad de desplazarse de las zonas viejas a las nuevas, al contrario que otros como el azufre. De hecho, esto es uno de los signos clave para distinguir la deficiencia de nitrógeno y la de azufre, que se parecen bastante. Sin azufre quienes sufren primero son las partes nuevas de la planta.

Para añadir nitrógeno al suelo hay varias fuentes orgánicas: estiércol, compost, mantillo (del bosque), humus de lombriz, urea, etc. También hay fertilizantes sintéticos como fosfatos de amonio o nitrato amónico.

En exceso de nitrógeno se produce un crecimiento exuberante de hojas y un color verde oscuro en estas, pero los tejidos son finos y débiles, la floración y los frutos serán escasos, puede producirse gomosis en frutales, y habrá una absorción inferior de fósforo, potasio o cobre entre otros.

DEFICIENCIA DE POTASIO.

La falta de potasio se nota con síntomas de clorosis (palidez en hojas) seguida por una necrosis que empieza en la punta de las hojas y se va extendiendo progresivamente por los bordes laterales de estas. Estas zonas se volverán marrones o negruzcas. Los síntomas aparecen primero en hojas viejas, al igual que el nitrógeno. Las venas o nervios de las hojas se pondrán amarillos y aparecerán puntos púrpuras en el envés (o cara inferior de las hojas).

Esta deficiencia afecta muy frecuentemente a frutos y legumbres, en especial a patatas, tomates, manzanas, grosellas y uva espina.

El potasio es fundamental para mantener la turgencia de las células, formar los estomas, activar enzimas, etc. Fuentes orgánicas del mismo son el estiércol de consuelda, las algas, el compost de helechos, o las cenizas de madera previamente compostadas.

DEFICIENCIA DE FÓSFORO.

La carencia de esta sal se detecta por un crecimiento menor del tallo, las hojas se vuelven oscuras y apagadas, de un color azul-verdoso. Al igual que en los dos anteriores, los síntomas aparecen primero en hojas viejas, ya que el fósforo puede movilizarse hacia las zonas nuevas de crecimiento. Los bordes de las hojas viejas se vuelven rojizos o morados.

La falta de fósforo es más habitual en suelos calcáreos, donde hay una gran abundancia de carbonato cálcico (CaCO3) y el ión carbonato compite directamente con los fosfatos, que son también iones negativos. Además el calcio forma iones insolubles con los fosfatos (de fosfato cálcico). Su absorción se favorece mucho con la presencia de micorrizas, o alianzas de las raíces con hongos beneficiosos (incrementan el área de absorción).

Fuentes orgánicas de fósforo son por ejemplo la harina de pescado (o los restos compostados de pescado), la harina de huesos, ciertas algas marinas, o incluso los posos del café.

Con exceso de fósforo este se une al hierro, formando un complejo insoluble. El hierro no podrá ser absorbido y habrá problemas.

marzo 27, 2017 Posted by | Biología, Cambio climático / Ecología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Salud humana y Nutrición | 1 comentario

LA LABRANZA DEL SUELO.

Voy a empezar con una larga serie de artículos que tienen como objetivo ayudar a quienes los lean a ser más autosuficientes, y a recuperar sus propios medios de vida. Muchos los centraré en la agricultura, pero también publicaré, conforme me vaya informando, sobre diversos temas, desde cómo funciona una bicicleta hasta cómo se hacen uniones de tablas de madera entre sí. Por supuesto todos estos temas los podéis encontrar en infinidad de libros, y en fuentes de la red, sin embargo, los publico como una información realmente útil para la vida de aquellos que vemos cómo esta sociedad constituye una amenaza permanente a una cosa: nuestra soberanía. Es obvio que existe un plan para quitarnos esa capacidad de hacer las cosas por nosotros mismos y para volvernos dependientes para todo. Especialmente los publico por los aportes que podáis hacer vosotros, por lo que conozcáis del tema y podáis aportarlo, o preguntarlo. No dudéis en hacerlo.

Retomo solamente un artículo que ya apuntaba en esa dirección: EL COMPOSTAJE

Esta vez quiero hablar sobre la labranza del suelo, y me lanzo a ello desconociendo totalmente el tema. Nunca he trabajado ni siquiera una parcela de tierra, algo que lamento y pretendo rectificar en cuanto pueda.

La labranza del suelo se hace desde la invención de los arados (arar, labrar o laborear el suelo es equivalente en esencia). El suelo tiene una primera capa superficial en la cual los restos de los organismos vivos (hojas caídas, cadáveres, etc) se van descomponiendo para generar materia orgánica (que va generando lo que se conoce como humus). En el caso de un cultivo, serían los restos de la cosecha anterior. Desde la superficie hasta unos 50 centímetros de profundidad, hay oxígeno, ya que hay aire entremezclado con los poros del suelo. Pero ese oxígeno va disminuyendo conforme bajamos hasta que ya no queda nada. En profundidad y sin oxígeno, las semillas no germinan y la materia orgánica se fermenta, no dando lugar al beneficioso humus (que retiene la humedad y los nutrientes, y da una esponjosidad y soltura al suelo que hace que las raíces crezcan a sus anchas).

Otro tema es el de las llamadas ‘malas hierbas’ o plantas adventicias. Plantas como la correhuela o la malva, por ejemplo, compiten con los cultivos y no es deseable que estén junto a nuestras hortalizas o frutales. Les arrebatan humedad, espacio y nutrientes (a pesar de eso algunas son buenas en el sentido de que atraen a polinizadores o repelen algunas plagas, ya hablaremos de eso).

La labranza consiste en remover o invertir la capa superficial del suelo, literalmente pasando lo de abajo arriba y al contrario. Todo ello se hace pensando en varios beneficios: primero el suelo se descompacta y se hace más suelto, con una textura apropiada para la germinación y crecimiento de las raíces. Otra ventaja, es que las plantas adventicias literalmente son arrancadas y pasadas a una capa algo más profunda, y son cubiertas de tierra, donde sirven como abono. La mayoría de hortalizas necesitan una capa mullida de suelo de unos 30 centímetros de profundidad, aunque algunas de ellas más, como las berenjenas, tomates, maíz, etc). Algunas raíces pueden tener más de 1 metro (las de la alfalfa creo recordar).

La labranza necesita un trabajo, utilizando herramientas como el rastrillo, la azada (básica para eliminar plantas adventicias) o desterronadores manuales. No quiero hablar mucho de esto porque nunca lo he hecho.

Una cosa básica para una buena labranza es que el suelo no debe estar ni muy seco ni muy húmedo. Hay un punto óptimo que se llama tempero. Si el suelo está muy seco, usted notará que ofrece mucha resistencia al paso de herramientas y que en lugar de disgregarse, formará terrones grandes y grandes orificios. Con algo más de humedad, se formarán agregados (de suelo) de tamaño más adecuado, dejando entre si unos espacios porosos que serían más aptos para sembrar, con aire y agua en cantidades suficientes. Esto se llama tempero y se puede comprobar porque al coger un fragmento de suelo y apretarlo con la mano, conserva la forma.

LABRANZA CERO O SIEMBRA DIRECTA.

Aunque la labranza es algo que se ha hecho tradicionalmente en realidad también tiene unos inconvenientes que deberían despertar una alerta especialmente en aquellos que pretendamos autosustentarnos con nuestro propio terreno de campo. Nosotros podemos, aunque requiera esfuerzo, retirar con el tiempo las plantas adventicias de forma manual (con la azada) conforme vayan saliendo. Y también podemos mantener el suelo aireado y con capacidad de retener el agua sin necesidad de labrar.

Uno de las desventajas que tiene es que altera la estructura en capas diferenciadas del suelo. Aunque se haga una labranza superficial (dentro de los primeros 30 centímetros del suelo) lo cierto es que expone a plena luz solar una serie de microorganismos (bacterias, hongos, actinomicetos y animales) que solo pueden vivir en la oscuridad, consiguiendo achicharrarlos. Estos organismos son muy beneficiosos y causar su muerte relantiza la producción de materia orgánica y la solubilización de muchísimos nutrientes valiosos como el azufre, el nitrógeno, etc. Muchos de estos nutrientes están en el suelo sin que las plantas puedan usarlos, y son estos organismos los responsables de hacerlos disponibles para que las raíces los absorban. También esa alteración e inversión del suelo hace que se destruyan muchos nidos y madrigueras de animales valiosos (muchas aves, por ejemplo, nos benefician al comer orugas que destruyen cultivos).

La labranza además hace que se reduzca la estabilidad del suelo y aumenta la erosión, ya que se pierde materia orgánica y eso hace que el agua sea menos retenida (se pierde la esponjosidad, y el agua fluye hacia abajo). Esto también conlleva que ese agua arrastre nutrientes fuera del alcance de las raíces de nuestras plantas (lixiviación). La labranza aumenta la cantidad de polvo: el suelo no labrado es mucho más firme y consistente.

ACOLCHADO O ‘MULCH’.

Al no labrar, se quedan los restos de la cosecha anterior en el suelo, ya que no son enterrados. Estos restos protegen del Sol y hacen que no se evapore tanta agua, guardándola en el suelo. También protegen contra los impactos de las gotas de lluvia. Todo esto se conoce como acolchado o mulch.

marzo 26, 2017 Posted by | Cambio climático / Ecología, Control de la sociedad, Cuidemos el planeta., Tecnología | 5 comentarios

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