¡FELIZ 2020 A TODOS!

Buenas a todos los que continuáis por esta web. Sé que en el 2020 algunas personas estarán hundidas en una amarga depresión o en algún tipo de conflicto, para otras será una etapa de prosperidad, en la que se sentirán plenos y alegres al despertarse cada día, y para otros serán etapas de grandes cambios, como creo que va a suceder en mi caso, en el que van a ocurrir muchos cambios a mejor. Sea cual sea el camino que estéis recorriendo, os deseo que aunque no seais del todo felices, creáis en vosotros mismos, porque esa es la clave de la superación. Lo que ha ocurrido en el pasado es importante, pero no nos debe impedir que controlemos nuestra vida, que podamos elegir dirigirla hacia donde nosotros queramos. Todo esfuerzo da frutos, es una ley de esta existencia, en este escenario tan increíble que es el Cosmos: el que siembra, obtendrá su cosecha, pero el que se queda esperando de los demás o del mismo paso del tiempo que las cosas ocurran, no obtendrá absolutamente nada.

Más centrado ya en la temática de este blog, os animo a que en 2020 adoptéis nuevas medidas para no contribuir (pues ir en contra no se puede) a esta globalización tiránica y destructiva en la que vivimos en este siglo XXI. Medidas tan simples como ahorrar todo el plástico que podáis, comprar productos locales del lugar en el que estéis (o al menos del mismo país), investigar cuáles son nuestras verdaderas raíces culturales y tratar de volver a ellas, vivir del modo más autosuficiente posible, cuidar el medio natural en todo momento… Todo ello son desafíos que os planteo desde aquí, y que yo mismo me he planteado cumplir de verdad este 2020, ya que hacerlo antes no me ha sido posible (no por falta de voluntad ni de ganas).

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EL ORIGEN DEL DESEO EN LAS SOCIEDADES ACTUALES

El deseo es una necesidad bio/psico/emocional que no se pudo realizar en su determinado momento, y por ello con el tiempo se transforma, para poder manifestarse, en un deseo literal o simbólico. Los deseos de los seres humanos son necesidades no cubiertas generadas y condicionadas por el entorno en el que hemos nacido y crecido: la familia y las instituciones culturales, sociales y políticas, entidades controladas y manipuladas por organismos de poder (la banca y las grandes corporaciones mercantiles, los imperialismos religiosos, las élites y organizaciones de todo tipo que controlan a las masas tras el telón social…).

No obstante, la base primigenia no deja de ser nunca la misma, la privación biológica/psicológica/emocional más primaria que no fue revisada, o fue impedida en algún punto de la vida del individuo, habitualmente en la infancia, y también en la adolescencia, juventud y adultez, que más en adelante desarrolla sus respectivas consecuencias… En la situación del ser humano cuando no se ha salido de su centro, cuando convive en absoluta comunión con la naturaleza y sobrevive netamente de lo que el entorno natural le provee, no hay separación entre lo biológico, lo psicológico y lo emocional (lo cual no significa que cada cosa no tenga su debido lugar, sencillamente en una ubicación natural no están categorizados en compartimentos). Al salirnos de nuestro centro creando las sociedades actuales y abandonando experimentar lo corporal, mental y espiritual en el momento presente y con absoluta naturalidad, es por este hecho que se ha complicado tanto nuestra existencia, tanto como individuos, como familia, como comunidad y como sociedad. En la familia y en la sociedad, desde que nacemos, se establecen unas normas y unos tiempos burocráticos, políticos, sociales y culturales dictaminados de la misma forma castradora para todos, en modo fábrica de ciudadanos perfectos. Por lo tanto, tiene sentido que poco después del fenómeno de la industrialización naciera el fenómeno de la teoría psicoanalítica, ya que cuando al ser humano se le obliga a dejar a un lado sus necesidades primordiales por someterse obligatoriamente a la voluntad de otros, su psique para sobrevivir se ve obligada a esconder sus sentimientos en compartimentos estancos de la mente, que en adelante se expresan a través de deseos en formato capitalista, político, cultural, social y sexual.

La creencia de que el Estado es el maligno y el pueblo la víctima es falsa. Sí es cierto que existe un sometimiento evidente de la sociedad perpetrado por la banca, las grandes empresas, las diversas organizaciones y esferas de poder asociadas y representadas por las instituciones gubernamentales del Estado de cada país, pero no solamente las instituciones y los políticos son cómplices de esta gran trama a nivel mundial, también el pueblo es cómplice al no pararse a tomar consciencia de sus verdaderas necesidades esenciales individuales, y al contrario, dejándose conducir por sus propias pasiones, manejadas por la propaganda y la manipulación de las masas que ejecutan los superiores de la escala jerarquizada, y estos a su vez, dirigen a las sociedades promovidos por sus propios deseos. A continuación os preguntareis: ¿Cómo puede ser cómplice una sociedad subordinada si está manipulada y engañada por las Élites que la gobiernan?. La respuesta nos conduce al inicio de esta reflexión: ¿Cómo no pueden darse cuenta las personas de que los deseos que persiguen no les dan la felicidad, incluso cuando logran alcanzarlos?. Porque son solo el disfraz que intenta sustituir sin éxito las verdaderas necesidades emocionales de las personas. La gente, en el fondo de su ser, son conscientes de esto, pero sus egos malheridos persisten obsesivamente en sus carencias emocionales enmascaradas de ambición, codicia, ideales políticos, dogmas religiosos, parafilias sexuales, toxicidad, hostilidad, violencia, etc… Un ejemplo muy claro de intentos fallidos durante siglos por parte del Estado, las instituciones, diversas organizaciones políticas y la sociedad en conjunto, es la proyección del desahogo emocional de manera generalizada politizando con dogmas e ideologías todos y cada uno de los aspectos de la vida de los ciudadanos. Constituyéndose diferentes grupos políticos, cada uno de ellos conformados por la semejanza y afinidad de los anhelos a llevar a cabo de las masas, con una serie de ideales encajonados dentro de un lote incuestionable de dogmas intocables, que generan enfrentamiento entre los extremos de los diversos movimientos políticos. Estamos experimentando como sociedad una época convulsa, fría, vacía e individualista. Quizás esta soledad latente en las sociedades de hoy en día no es casual, quizás lo que está ocurriendo es la representación de que nos hemos alejado de nuestras necesidades emocionales.

Autora: Amaya Rivas Aboitiz

La verdad absoluta no existe

Hay un error muy frecuente que cometen los psicoanalistas, gurús, terapeutas, religiosos, políticos de diferentes ideologías, líderes, los científicos, la gente corriente que se enfrenta entre sí defendiendo sus respectivas creencias… y que denota una gran ignorancia. Creen ciegamente que SU verdad ES la verdad absoluta. Nadie posee la verdad absoluta, ni siquiera las instituciones culturales, sociales, políticas y científicas. La realidad es demasiado compleja e inabarcable para pertenecerle a una sola verdad. Quien no comprende esto es porque todavía no ha aprendido a observar más allá de sus propias narices. La realidad esta compuesta por una multiplicidad de matices, por un conjunto de verdades que tienen su parte de certeza, y mucho más.

Autora: Amaya Rivas Aboitiz

Juzgar o no juzgar, esa es la cuestión

Se dice mucho que hay que sentir sin juzgar, eso suena muy bonito pero es imposible, ya que no podemos desprendernos del cerebro, los pensamientos son inherentes al ser humano. Lo que sí podemos hacer es comprender que los pensamientos juiciosos siempre son una representación emocional, aprender a reconocer de que tipo de emociones proceden, y a su vez detectar en qué experiencias vividas se generaron esas emociones, para hallar que relación simbólica hay entre experiencia-emoción-juicio, y así permitir al prejuicio fluir sin identificarnos con él. También hay otro tipo de prejuicios que son los que genera la pura ignorancia, la carencia de información y por ende una falta de comprensión muy dañina respecto a lo que se juzga. Lo que diferencia a una persona sabia de una persona necia, es que la primera es conocedora del origen emocional y la ignorancia que preceden a los prejuicios que transitan por su cabeza sin identificarse con ellos, y la segunda no es conocedora de sus propias emociones ni de su propia ignorancia, y escupe con total inconsciencia todos los prejuicios que pasan por su cabeza identificándose con ellos.

Autora: Amaya Rivas Aboitiz

LA PSICOLOGÍA DE LAS MASAS.

Muchas veces en esta página web he comentado lo frío, hostil y crudo que es el entorno que nos rodea. Pero quizás nunca he dedicado un artículo exclusivo a detallar el por qué esto es así, el motivo que lo explica. Va a sonar duro y soy consciente de esto, incluso puedo llevarme muchas críticas por afirmar algo así, pero es lo que puedo observar y no por ello voy a callármelo. Son muchas las personas valiosas, bondadosas, nobles e inteligentes que hay en este mundo, seguramente todos hemos podido conocer a más de una, cuando no somos ya una de ellas. Sin embargo, no es esto lo que impera o predomina en la sociedad, sino todo lo contrario. Y lo que es un fenómeno colectivo, no deja de ser también algo individual, pues todo lo colectivo parte de los seres humanos que participan de ello. Es indudable ya que vivimos en una tiranía, pero paradójicamente, no es la que ejercen las élites mundiales, los políticos o ni siquiera la banca la peor de todas, sino la que ejerce el pueblo, es decir, las masas, con su comportamiento, su actitud, su psicología, su resentimiento y su odio.

masas

Esa tiranía de las masas, que ya venía claramente anunciada por Ortega y Gasset en su libro ‘La rebelión de las masas’ por ejemplo, significa el imperio de la mediocridad contra lo que destaca, de la estupidez contra la inteligencia, de lo emocional (fundamentalmente sentimientos negativos y destructivos) contra lo lógico, de la envidia, del rencor, contra aquellos que se salen de la media, que brillan más que otros en cualquier sentido, y que por lo tanto, son un reflejo de la realidad, al emitir su propia luz, su talento, su sano criterio, sobre la realidad oscura, lúgubre y taciturna que las masas imponen.

En realidad, se trata de un miedo ancestral, muy antiguo, a quedar por debajo, fruto además de un bajo concepto de uno mismo. Pensad una cosa: aquellos que no toleran ni respetan la discrepancia, la crítica, la opinión distinta de la suya, ¿no será por miedo a que se demuestren sus errores, sus equivocaciones? En lugar de aprender de aquellos que les pueden hacer ver algo nuevo, o aprovechar la ocasión para desarrollarse y evolucionar, se estancan, se encierran en su burbuja egoísta, en la que se sienten refugiados, porque dentro de esa burbuja ilusoria ellos tienen toda la verdad, son los mejores, y nunca se equivocan. Ojo con quien intente pinchar esa burbuja, que le caerá encima la del pulpo.

perro furioso

Y lo que todos hemos vivido con ciertas personas, es ni más ni menos lo que vivimos todos en la sociedad, queramos verlo o no. No se trata simplemente de que predominen ciertas opiniones o puntos de vista que son casi incuestionables, a los que se conoce como dogmas, sino que la sociedad en su conjunto es un pistón que comprime y aplasta toda creatividad, talento o inteligencia humanas. A nivel cultural, los valores más valiosos de la humanidad, lo que simboliza lo más profundo (el respeto a la Naturaleza, la identificación con nuestra cultura original, etc) queda completamente subyugado a una mecánica de consumo y de gastar dinero, en la que todo es material y superficial. Lo mismo sucede con la mente: las personas que van más allá de la media, que cuestionan, que critican lo que no les parece bien, serán ‘puestas en su lugar’ por el rodillo implacable de lo mediocre, de lo habitual y de lo rutinario.

Ser moldeados por este tipo de trucos psicológicos, de miedo a no seguir a la masa o a lo habitual, de agresividad o indiferencia hacia todo el que se destaca, es el resultado que esa tiranía ejerce en millones y millones de personas que son, en realidad, únicas, maravillosas, potencialmente increíbles, pero que no lo manifiestan en el día a día, ni se atreven a llegar lejos debido a la opresiva situación en la que viven inmersos. Se adaptan, caen dentro del molde, y el mundo pierde con ello lo más valioso que podrían ofrecer en esta vida.

A muchos os atacarán, os denigrarán, os dejarán solos, pasarán de vosotros, tratarán de dejaros en mal lugar, no os elevarán a los puestos sociales que os mereceríais, pero tenéis que saber que nada de eso importa. Existen fuerzas más poderosas que las sociales o la presión de las masas. Mira dentro de ti para descubrir todas esas fuerzas, las que la Naturaleza te proporciona. Llevas a los dioses dentro de ti: ¡no tengas miedo! Vive conforme a tus principios, a tus ideas, a tus valores, no te dejes llevar por los demás, escoge tu camino. Y rodéate de otras personas que no intenten manipularte, que no sean perjudiciales para ti. Intenta, junto a ellas, escapar de esta tiranía insoportable. Y conseguirás mucho más que mendigando relaciones sociales o puestos elevados.

‘Los mortales que nada saben, que andan errantes, con dos cabezas, pues la incapacidad que anida en sus pechos dirige su mente extraviada. Se ven arrastrados, sordos y ciegos, estupefactos, como horda sin criterio, a quienes les da lo mismo el ser que el no ser.’

Parménides de Elea.

VALORES QUE TRANSMITE EL MUNDO DE TOLKIEN.

Supongo que prácticamente todo el mundo conoce el mundo de Tolkien, en particular por las famosas películas de El Señor de los Anillos (ESDLA) y el Hobbit. Quizá para muchos se trate de una simple novela de ficción, sin embargo, mediante esa ficción Tolkien pretendió reflejar una serie de valores, ideas y conceptos muy profundos, de los que es difícil darse cuenta en un primer momento. Me propongo compartir con vosotros los mensajes en clave por así decirlo que yo he podido detectar en estas novelas, ya que tuve la suerte de leerlas un tiempo antes de que surgiera la primera película en 2001, y por ello me forjé una visión del asunto no contaminada por así decirlo por el cine, pese a que reconozco que las películas son muy buenas.

Una de las lecciones más fáciles de sacar es la siguiente: el poder corrompe. El ansia de poder, de dominio, nos acaba degradando y convirtiendo nuestra vida en algo perjudicial para nosotros mismos y para los demás. Eso es lo que representa el famoso anillo, ni más ni menos. El valor positivo que se enfrenta a este ansia de poder es el hecho de valorar el simple hecho de vivir bien, con tranquilidad, en equilibrio y armonía con lo que nos rodea, sin mayores pretensiones. No quiere esto decir conformismo, sino más bien apreciar las cosas sencillas, la tranquilidad, como el estado óptimo de vida. Está demostrado que una vida sin estrés, sana y feliz, con relaciones humanas positivas, con proyectos interesantes, favorece la longevidad.

Un valor completamente vinculado a lo anterior es el de tener un profundo respeto a la Naturaleza. El mundo de Tolkien, para simplificar las cosas, se divide claramente en el bien y el mal, aunque está claro que en todos nosotros hay aspectos buenos o malos. No obstante, a veces los libros simplifican las cosas para dejar más en claro lo que pretenden transmitirnos. Se puede ver que en el lado de los buenos, hay siempre una profunda admiración y respeto hacia el medio natural, su belleza, su riqueza… Mientras que en el lado negativo u oscuro, hay un ánimo de destrucción constante, un ensalzamiento de lo horrible, del sufrimiento. Para comprender esto debemos remontarnos un poquito atrás en el tiempo, dentro de la cronología de Tolkien…

El cosmos según el Silmarillion, se creó por medio de una música del dios Eru o Ilúvatar, el cual creó a una serie de dioses (los Valar) para que cada uno de ellos interpretase una parte de la música. Ilívatar exigió a los dioses a los que había creado que fueran completamente fieles a su música, sin desviarse, para mantener así el equilibrio y la armonía. Sin embargo, uno de los dioses, el más poderoso de ellos, no quería ser un simple súbdito, y empezó a adquirir una fuerte envidia y recelo hacia el resto de los dioses, sus hermanos. Entonces, poco a poco, hizo todo lo posible para meter cizaña, destruir el equilibrio de la música, y hacer que algo no sonara bien. Este dios, Morgoth, al ser el más poderoso, quería todo el poder para él, quería ser el director de los demás, no estar sujeto a control por parte de nadie. Quería dirigir sus propios asuntos a su manera, al margen por completo de lo demás. No le importaba que, con esa actitud, iba a estropearlo todo, pues todas las partes estaban unidas.

Por tanto, otro de los valores más fuertemente claros en Tolkien es el de la lealtad frente al ir por cuenta de uno sin tener en cuenta nada más, es decir, el egoísmo, el ansia de controlar o dominar ámbitos que no nos competen, por pensar que lo nuestro es mejor. Aunque ese pensar que ‘lo mío es mejor’ o ‘yo soy superior’ en realidad no es cierto, proviene siempre de sentimientos de resentimiento, frustración y odio. Los que están en el lado bueno, son por así decirlo, leales a la música original, mientras que los seguidores de Morgoth o de Sauron (que es el principal siervo de Morgoth) buscar crear disonancia, romper el equilibrio.

Puede verse también en Tolkien algo de lo que me he dado cuenta hace muy poco. Veréis, antiguamente en Europa, vivían los celtas. Con el paso del tiempo, los celtas tuvieron que enfrentarse a los romanos, que terminaron aniquilándolos y destruyendo su modo de vida y su cultura. Lo que he descubierto es que, claramente, el mundo de Tolkien es la lucha del mundo céltico contra los romanos, o lo que es lo mismo, contra la civilización urbana moderna, la revolución industrial (como puede verse en la lucha de los árboles contra el mago corrupto Saruman). De hecho, los magos como Gandalf y Radagast, son evidentemente druidas, sabios a los que se respeta por su gran sabiduría y conocimiento. Los elfos son los celtas, y los orcos son los romanos, armados con armaduras, catapultas y máquinas de guerra, formando legiones dedicadas a conquistar y destruir.

Por otro lado, fijaros en lo siguiente. El anillo único solamente puede ser destruido en un sitio: el volcán llamado Monte del Destino, que se ubica en Mordor. ¿Qué representa el fuego de ese volcán? La industria, la energía al servicio de la producción con fines lucrativos, sin duda. Y por supuesto, Mordor no es otra cosa que la ciudad, la megaurbe del siglo XX o XXI. Tiene sentido que la ambición de poder (el anillo) solo pueda ser destruido mediante el fuego, y es lo que ocurrirá en el mundo real: el excesivo desarrollo de la industria acabará autodestruyéndose, alcanzando su límite para luego morir definitivamente. La civilización que conocemos caerá, como lo hizo el poder oscuro, y volveremos a la Naturaleza, los bosques rebrotarán por todas partes, las ciudades se recubrirán de líquenes y de plantas, de múltiples flores, ardillas y jabalíes, todo tipo de animales y peces en los cursos de agua que se harán cada vez más anchos y más limpios. La ambición de poder lleva grabada su propia perdición y aniquilación, de ahí que solo pueda terminarse en el Monte del Destino.

Druidas:

druidas

Mordor:

Mordor

Soldados romanos:

orcos

NO PIENSO, PERO EXISTO.

Hola a todos, veréis, ayer paseando cerca de mi casa encontré una frase pintada en una pared: ‘No pienso, pero existo’. ¡Y qué frase amigos! Pensando en ello, me di cuenta de que ahí estaba escrito el lema que define los tiempos que estamos viviendo, o mejor dicho, el tipo de existencia que lleva la mayor parte de la población en nuestros días! En efecto, la sociedad esta creada para impedir que pensemos, y si lo hiciéramos, todos sus intereses se verían afectados negativamente, mientras que podríamos defender mucho mejor los nuestros. El engranaje social funciona sin embargo perfectamente, y el aceite que lo engrasa es nuestra ignorancia.

¿Cómo puede existirse sin pensar? Muy fácil: poniendo por delante lo visceral, lo puramente emocional, a la lógica. No preguntándose en ningún momento por qué algo es cierto o falso, sino aceptando lo que es globalmente aceptado por los que nos rodean, o asumiendo sin más lo que se vende desde multitud de ángulos como la vía adecuada de actuar o la postura correcta ante tal o cual asunto, ya sea la izquierda o la derecha, lo alternativo o lo oficial, lo científico o lo religioso, etc. De este modo es como la población engulle, sin pasarlo antes por filtro mental alguno, todo tipo de ideologías o creencias absurdas. Y así es como tantos se dejan llevar por un estilo de vida basado en puras apariencias.

Fuera de ese mundillo ilusorio en el que tantos viven, está el temor a razonar, a cuestionarse las propias creencias, a mirar los propios defectos, a hacer autocrítica, a ver la realidad más allá de una estrecha mirilla predeterminada. Miedo a romper los gruesos muros de la ignorancia por el riesgo a que los principios en los que se basa nuestra vida se pudieran romper. La famosa frase ‘la ignorancia da la felicidad’ es sencillamente falsa. No estamos hablando aquí de una ignorancia que consiste en no haber leído libros, sino en la de no conocerse a uno mismo, ni conocer una gran cantidad de facetas de la realidad que podríamos captar si no hubiéramos perdido la capacidad del raciocinio, la que nos hace humanos.

Lamentable realidad, duro mensaje el de este escrito en la pared. Descripción de la horrible realidad que muchos experimentan de una forma o de otra. Esta ignorancia nos lleva a no vivir nuestra verdadera vida, a no controlar nuestros propios pasos, a no poder disfrutar los unos de los otros. Vivimos aislados solo para que unos intereses completamente ajenos a los nuestros funcionen sin trabas ni obstáculos. Es por ello que no nos reunimos más entre nosotros, que no compartimos más unos con otros, y que no se promueve absolutamente nada que nos haga ver lo que tenemos en común, sino que todo está creado para dividirnos, separarnos, aislarnos en células estancas. Y es que si compartiéramos con los demás de manera más habitual lo que PENSAMOS, nuestra vida sería mucho más plena, nuestra mente y no necesariamente la sociedad funcionarían mejor, y nuestra felicidad aumentaría. No pensar y vivir aislados unos de otros van juntos en todo momento, como dos eslabones de la cadena que nos sujeta e inmoviliza a todos en general. Al ignorar las opiniones, pensamientos o aportes de aquellos que tenemos alrededor y que no salen ni en revistas, ni en la televisión ni en ninguna parte, la sociedad nos puede imponer mejor sus intereses puramente egoístas a través de sus expertos e ídolos de masas, en los que todo el mundo se fija, mientras que se ignoran o desprecian incluso a si mismos.

Hacernos preguntas nos causaría interés hacia los demás, como hacia tantas otras cosas, y el compartir con los demás nos haría pensar mucho más, al disponer de puntos de vista variados y ajenos al nuestro. Pensar nos hace diferentes, frente al imperante ideal de la igualdad que tanto se proclama, no por casualidad, en la sociedad moderna. No pensar nos hace parecer iguales, y comportarnos igual, cuando en el fondo, nuestras diferencias simplemente no se expresan por miedo a romper esa niebla igualitaria que todo lo invade. Y eso ya no es ni siquiera pensamiento único, es una anulación del raciocinio humano. Parece que alguien se ha dado cuenta de esto y lo ha plasmado en la pared.

¿EXISTE EL MUNDO ESPIRITUAL?

Uno de los más grandes enigmas para los seres humanos es la muerte, o si existe una vida que podamos seguir llevando de un modo independiente de este cuerpo en el que estamos en este momento. Hasta hace unos pocos años, yo no rechazaba esta idea (al fin y al cabo, sería demasiado soberbio por mi parte decretar que no hay nada más allá, pues lo desconocía totalmente) pero me inclinaba a pensar que, como lo único comprobable de un modo material o científico (a través de los sentidos, de las mediciones de la materia o la energía) es la vida corpórea, entonces cuando el cuerpo dejara de autorregularse, toda experiencia acabaría. Actualmente, algunas cosas que me han sucedido en la vida me han hecho cambiar de opinión. Y es por ello que me quiero animar a lanzar posibles hipótesis sobre cómo podría ser la experiencia en lo que solemos llamar lo espiritual, por oposición a lo corporal o material. Me baso en mis propios pensamientos, no en las ideas de ninguna corriente o autor sobre estos temas. Lógicamente, ignoro lo que pasará cuando abandonemos este cuerpo, así que esto son simplemente suposiciones que me hago, utilizando la lógica, descartando cosas que para mí no tienen sentido ni explicación.

En primer lugar, existe una experiencia que vivimos por medio de los sentidos, con los cuales podemos contactar, a partir de un vehículo (el cuerpo) con una realidad material. Al estar dentro del cuerpo, los límites son obvios, y también el condicionamiento que inevitablemente ejerce sobre nosotros la realidad circundante. Un hecho en el que también podríamos estar todos de acuerdo es que todos nosotros compartimos el mismo escenario aun siendo, en principio, seres independientes o separados. ¿Cómo es posible que todos vivamos en un mismo lugar, al que llamamos cosmos o universo, y lo compartamos? No es una pregunta fácil. Hay quienes dicen que la realidad la creamos nosotros, pero yo pienso que más bien, nosotros somos parte de la realidad, intervenimos en ella, vivimos en ella, teniendo la oportunidad de experimentarla hasta niveles inimaginables. Los límites que nos pone el cuerpo dentro de este escenario, quedan anulados al 100% si tenemos en cuenta la variedad o cantidad de experiencias que podemos tener a través de las herramientas de que disponemos: ideas, pensamientos, emociones, sensaciones… Todo ello son medios de acceder a aspectos de la realidad que, aunque estén conectados o vinculados a la materia a través del cuerpo, no forman una parte directa de la materia. En este sentido, se puede decir que hay algo en nosotros que no conoce límites, pero obviamente eso no es nuestro cuerpo material, que se frena frente a un tronco o una pared, o que puede morir y degradarse. Es lo que se llama el alma. La vida es un viaje del alma en el mundo material. También considero que es una prueba para ese alma, por las dificultades que impone esta vida y por las enseñanzas que aporta.

Los pensamientos provienen muchas veces del mundo material en origen, por ejemplo las imágenes mentales, los recuerdos, los sonidos guardados en la memoria… Los sentimientos, por su parte, se traducen también en emisiones de hormonas, alteraciones del ritmo cardíaco y la respiración, corrientes eléctricas a través del sistema nervioso… Todo el sistema corporal está conformado de una manera increíblemente precisa y compleja, necesaria para permitirnos acceder a tantos aspectos de la realidad. Nuestra alma proviene de una vivencia no corporal, ilimitada, en la que todo se hace visible al mismo tiempo. Al estar en un cuerpo, empiezan los límites, las restricciones, las condiciones. Sin embargo la puerta está abierta: la vida consiste precisamente en acceder a lo que hay detrás de los muros que la vida nos presenta. Quebrar muros, romper límites, ir más allá, eso nos acerca al potencial que tenemos, ¡así es como el alma intenta salirse del cuerpo y volver a lo que realmente es!. Es más, si no rompemos nuestras barreras ni nuestros límites, si nos quedamos estancados y bloqueados, fácilmente acabaremos quitándonos la vida, porque ese es el propósito de la existencia. Nuestra alma puede expresar o vivir mucho a través del cuerpo, pero para ello debemos pasar por muchas pruebas, ser valientes. Sentirnos bien es un indicativo de que lo estamos haciendo bien, pero sentirnos mal es lo que nos indica lo que tenemos que hacer para continuar avanzando. El sufrimiento es una guía, la plenitud es la meta.

La pregunta entonces es: ¿debemos nuestras experiencias a nuestro cuerpo físico, sin el cual estas desaparecerían, o por el contrario, el cuerpo es un vehículo con el cual podemos traspasar nuestras experiencias al mundo material, a un ser individual? ¿Cómo son nuestras experiencias sin ese cuerpo, sin esa identidad, sin los sentidos de la vista, el oído, etc?

La idea de que tal experiencia es posible, obviamente supone la premisa de que esta realidad es mucho más amplia de lo que nosotros podemos conocer. Si la vida más allá es real, entonces tras la muerte formaremos parte de la misma realidad en la que vivimos ahora, pero de un modo completamente distinto. Si la vida corporal nos pone límites, pero nos abre al mismo tiempo la puerta a tantas vivencias, y en cambio el alma es aquello que también existe pero que no conoce límites, entonces surge un dilema. O bien el alma es algo individual, separado de otras almas, pero que puede desplazarse por toda la realidad sin restricciones, o bien el alma es la realidad en si, en su conjunto, con lo cual existiría una única alma común a todos, la cual sería la Naturaleza. Yo creo que ambas cosas son verdad. Si miramos la Naturaleza, esta se basa en equilibrios, en los que todo nace y muere, para luego volver a renacer. Es por ello que me inclino a pensar que el alma necesita vivir nuevas experiencias constantemente. Al igual que nosotros vivimos en un instante único (el tiempo no existe, tengo esa firme creencia) pero en ese instante todo está cambiando continuamente, evolucionando y luego siendo destruido de forma cíclica, también el alma aunque sea única, necesita reproducir su experiencia una y otra vez, y lo hace en innumerables vidas y existencias, de ahí que existan tantos planetas, seres vivos, galaxias, estrellas… pero al mismo tiempo, todo sucede en el mismo lugar y tiempo, en un instante único, en un mismo Cosmos o Universo, como quiera llamársele.

¿Qué somos nosotros en todo esto? Solo una de las múltiples experiencias que la Naturaleza recrea, produce o fabrica, para poder seguir existiendo. Cuando nuestro cuerpo muere, eso no constituye el final, porque nosotros somos la propia Naturaleza en una de sus múltiples manifestaciones, y la Naturaleza nunca muere. No existe un Creador del Mundo, sino que el propio mundo se crea a si mismo, y lo hace creándose y destruyéndose permanentemente.

Cuando nos alejamos de la civilización artificial que hemos construido, y vamos a un entorno natural inalterado por la mano humana, podemos darnos cuenta de que allí hay mucho más que simplemente una comunidad de seres vivos, agua o viento. Esto es solamente lo que podemos ver con los sentidos corporales. Todo lo que vivimos o experimentamos a lo largo de nuestra vida, forma parte de la experiencia de un único ser, realmente existente, que es la Naturaleza misma que, desde un cuerpo limitado, estando en un planeta específico, solamente podemos admirar y disfrutar.

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Os invito a plantearos cómo afecta el estilo de vida que muchos llevan teniendo en cuenta la existencia del alma. Es evidente que estar cerca de un entorno natural nos sienta bien, porque, en el fondo, se trata como nosotros mismos somos, de manifestaciones de la misma Naturaleza a la que pertenecemos. Lo que hacemos en la vida o los límites que nacer en un determinado lugar nos impone, condicionan la experiencia que el alma está viviendo en el mundo material. Hay una serie de cosas que colocan vendas ante los ojos, que sujetan al alma impidiéndole salir de una cáscara demasiado estrecha. Estamos hechos para crecer, evolucionar, contribuir a la Naturaleza que nos ha engendrado. Si nos quedamos estancados, nuestra existencia no habrá cumplido su función. La propia Naturaleza aprende, ¡de si misma! Quizás por eso ha llegado a un grado tan alto de armonía, de belleza, que se puede ver en las imágenes del Hubble o en el cambio de las estaciones. El cuerpo condiciona a nuestra alma, porque nuestras decisiones hacen que la vida tenga o no tenga sentido. La Naturaleza se alimenta del sentido. Perder el sentido de vivir es como un suicidio. Es por ello que debemos dejar que nuestra alma conduzca a nuestra mente y cuerpo, como un aúriga conduce a unos caballos. La Naturaleza que somos puede guiarnos, pues es la que desea crecer, romper sus límites, tomar conciencia de si misma. Si no se lo permitimos, es porque vamos en su contra, dejando que lo antinatural se apodere de nosotros. Lo artificial, la depresión, la soledad, el materialismo, son cosas antinaturales que nos alejan de nuestra inconmensurable e increíble Verdad.

Y dicho todo esto, ¿cómo es la experiencia de morir? Con la muerte, nuestra alma se libera de nuestro cuerpo, deja de ocuparse de él, y por tanto, de estar influenciada por lo que suceda en la realidad material o corpórea. Sin embargo, el alma ha experimentado todo eso que ignoramos en la vida corporal solo porque no lo podemos ver ni tocar. Continúa existiendo, pero ahora liberada de las limitaciones de un ser individual. Recupera todo su poder, su grandeza, su infinitud. Tras la muerte, podemos seguir indagando, resolviendo nuestras más profundas necesidades y anhelos, acudiendo sin fronteras a la solución de todo lo que nos haya hecho sentir tristes en la vida actual. Es por ello que morir es, en el fondo, algo muy bueno, incluso necesario. No debemos tener miedo alguno a la muerte, pues gracias a ella, nos desapegamos de todas las dificultades, dolores, tristezas, malestar, etc, que esta vida haya podido ocasionarnos, comprendiendo que, en lugar de desaparecer, nos podemos expandir hasta donde queramos.

Al morir, volvemos a ser la Naturaleza, que es un ser único, y que ya somos en vida. Ese ser evoluciona, se mantiene con sus múltiples manifestaciones, y alberga todo el potencial que ya tenemos en nuestra vida, pero que solo alcanzaremos plenamente al morir. Ninguna depresión, circunstancia adversa o dolor podrá poner límites a ese potencial que hoy, en nuestra vida, vemos tan coartado por tantas causas al mismo tiempo, tanto internas como externas, pero siempre materiales o corpóreas. Nuestro esfuerzo aquí se verá recompensado tras la muerte. Volveremos al mayor estado de felicidad que recordemos haber tenido jamás. En realidad, la convicción de que esto será así, nos puede llenar de una tranquilidad y una sensación de orgullo tan grande, que no podríamos hacer de nuestra vida otra cosa que un homenaje a eso tan grande que somos, ya en vida, pero que alcanzaremos plenamente cuando muramos. Recuperaremos toda una sensibilidad que ahora nos permanece oculta.

Por todo ello, lo que nos debería preocupar no es si vamos a morir o no, sino si durante nuestra existencia hemos tenido una experiencia digna de las oportunidades que la vida nos ha dado.

¿QUÉ ES LO QUE NOS HACE ESTAR VIVOS REALMENTE?

Hola a todos. Quiero hablar hoy de un tema que la vida, siempre dura y difícil en un sentido u otro, la civilización moderna en la que vivimos y la falta de ayuda que nos prestamos por tener que salir a flote nosotros mismos, nos hace ignorar u olvidar con frecuencia. Muchas son las personas que hoy en día se sienten mal, tristes o deprimidas, o aguantan situaciones de rabia de las que quisieran salir pero no se ven con fuerzas, o están simplemente desmotivadas. Ningún alimento ni bebida les llena realmente, y su ánimo vital gotea hacia un sumidero sin fondo constantemente. La vida pasa a verse gris, monótona, perdiendo todo su sentido disfrutar, salir adelante o intentar hacer cosas nuevas. Profundos sentimientos de dolor, angustia, tristeza, miedo o ansiedad se apoderan de la existencia y queman, a veces, más que el fuego. Los días se vuelven todos iguales, no ofrecen en apariencia ninguna oportunidad. La salida ni siquiera se vislumbra, ni se desea.

Todos podemos pasar por estas situaciones a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, existe un factor común que se da en todos estos casos: dejamos de creer en nosotros mismos. Los candados que mantienen a tanta gente en una prisión emocional, son siempre del mismo tipo: argumentos que juegan en nuestra contra, que se justifican de formas muy complejas. Ponemos todo nuestra capacidad de usar la lógica o el raciocinio al servicio de esos argumentos perjudiciales. Llegamos a creer que no somos valiosos, que no podemos superar límites, que nos merecemos el mal que nos acontece… Todo ello, es lo que nos mantiene así. Y mucho de lo que razonamos es cierto: puede haber cosas en el pasado que nos hayan afectado muy dolorosamente, el mundo es arriesgado (nos exponemos a más dolor), la vida es muy difícil muchas veces. Sin embargo, lo que no es cierto en ningún caso es que no somos valiosos o que no merecemos vivir plenamente. Esto es lo que nos hace realmente hundirnos. Incluso en la peor de las situaciones, tener una gran autoconfianza es útil o incluso nos puede llegar a salvar la vida. Pero esta confianza en uno, debe mantenerse aun en contra de todos los sufrimientos, creencias erróneas o dificultades de la existencia. Cuanto más fuerte o dura sea la situación, más debemos creer, con más razón. La fe en nosotros mismos es mucho más vital que en cualquier religión, concepto o idea externa.

La Naturaleza nos muestra un ejemplo que es equivalente a lo que nos sucede a nosotros. Cuando tenemos un grave problema, somos como un árbol caído recientemente al suelo. En esta situación pueden pasar dos cosas. La primera, es que el árbol tenga aún la suficiente fuerza como para echar ligeras raicillas al suelo con las que alimentarse, y que salgan pequeños brotes nuevos del mismo en la primavera, intentando ese tronco, devuelto a la vida debido a un titánico esfuerzo que solo él podría haber realizado, reforzar su inmensamente debilitado sistema inmunológico.

Un ser humano que, a pesar de estar en el más profundo abismo imaginable, sigue creyendo en si mismo, se niega a ser vencido, y no le da nunca la razón a los argumentos que su propia mente inventa para mantenerle en la miseria espiritual, conseguirá rebrotar e incluso extenderse y dar lugar a nuevos árboles con el tiempo, poblando el bosque con su verdor, su belleza, y dando al planeta entero un ejemplo de sabiduría. En cambio, un ser humano que se dedique a boicotearse estando mal, que se deje llevar por el miedo a lo que pueda suceder o que de aunque solo sea un instante la más mínima credibilidad a ideas sobre si mismo incapacitantes o negativas, entonces será como un árbol que no consigue sobrevivir, se llenará de ambiciosos hongos y larvas que lo carcomerán por dentro, y cada día le será todavía más difícil resurgir.

Sin embargo, nosotros podemos llegar a estar invadidos por miles de larvas mentales (pensamientos que nos generan angustia) o de hongos que nos vayan degradando poco a poco (como las emociones de tristeza, dolor o miedo) y aún así luchar contra todo ello. Incluso en el peor de los casos, aun cuando hubieran pasado 10, 20 o 50 años en ese tipo de estados anímicos, podríamos decidirnos valientemente a vivir, sabiendo que eso es algo que no se lograría en un día, sino quizás, en largos períodos de tiempo, en los que no notaríamos ni siquiera una ligera mejoría al principio. Solo bastaría con creer en nosotros mismos todo el tiempo, sin vacilar en esto, de forma férrea y absoluta, como un dogma. Y ocurrirá entonces que el dogma se irá haciendo ver en la realidad, pasando a ser una verdad comprobable. Y cada acto de nuestra valía que comprobemos, cada decisión valiente que tomemos, nos irá devolviendo la salud. Y quizá al cabo de mucho esfuerzo y tiempo, notemos el primer brote de nuestra ennegrecida madera, la primera sensación del cálido sol o del fresco viento como algo agradable y que merece la pena. Y entonces, sabremos valorar todo lo bueno que hay en esta existencia mucho más que la inmensa mayoría de la gente, porque lo habíamos perdido y sabemos lo que es estar sin ello.

LA TIRANÍA DE LA AMABILIDAD OBLIGATORIA.

Buenas, hoy me ha pasado algo que me ha dejado helado por dentro, y pensativo a la vez. Resulta que iba en bici por la calle, por una acera (yo siempre voy con mucho cuidado por la gente) y me tuve que parar debido a que me encontré que una madre vestida como musulmana, un hombre y un niño pequeño bloqueaban el paso. Frené para no pasar cerca del niño por si acaso este no me veía. El padre de repente me pide perdón y yo le digo que no pasa nada. La madre coge entonces al niño como si hubiera hecho algo malo, de mala manera, llevando hacia abajo su cabeza, y luego le coge en brazos. Yo insisto al hombre: tranquilos que no pasa nada, no hay problema… Y lo peor no fue la exagerada reacción de la madre, sino lo que a continuación me dijo el hombre: es normal, si él (el niño) va por la carretera. ¿A qué se debe esto? Estaba ocurriendo en una acera, y si alguien estaba yendo por un lugar que no tocaba ir era yo. Mi pregunta es ¿estamos llegando a un punto, la población en conjunto, en el que nuestra actitud dócil o nuestro miedo nos llevan a negar la propia realidad?

Son varias las posibilidades para explicar una conducta así, que por cierto, está completamente al orden del día allí donde vayamos en todo tipo de circunstancias. Somos dóciles, excesivamente complacientes. Se respira en el entorno una amabilidad falsa, motivada solamente por el miedo a quedar mal, a ser rechazado, al conflicto con el otro, a la discrepancia. La misma amabilidad que podemos ver en las cajeras de un supermercado, en un comercial inmobiliario, o en las grabaciones de las compañías telefónicas. Fuera de esto, parece que veamos en los demás solo amenazas, que no sintamos otra cosa que desconfianza, y eso hasta el punto en el que cualquier interacción que sobrepase un umbral mínimo o establecido por la rutina, eleva los niveles de adrenalina y causa pánico.

Me parece que viene bien recordar unas frases de Etienne de la Boetie, autor de un libro que me quiero leer dentro de poco llamado ‘La Servidumbre Voluntaria’.

La primera dice: Siempre ha pasado que los tiranos, para fortalecer su poder, han empleado todo su esfuerzo en entrenar al pueblo no solo en la obediencia y el servilismo hacia ellos, sino también en adoración’.

Y la segunda: La libertad es la condición natural del pueblo. La servidumbre, sin embargo, se promueve cuando el pueblo es criado en la sumisión. La gente está entrenada para adorar a los dirigentes. Mientras la libertad está olvidada por muchos, siempre hay algunos que nunca se someten’.

Pero esto no es solo un fenómeno que se produzca hacia los gobernantes políticos ni personas de alta jerarquía. No se trata de un asunto político, sino psicológico. Ocurre cada día en las interacciones que se dan entre las personas en la calle, en las tiendas, entre los vecinos de un edificio, en los puestos de trabajo… Incluso con nuestros amigos podríamos estar siendo dóciles sin darnos cuenta, solo para mantener así su amistad. ¿Os han pasado situaciones parecidas?

La docilidad, la conducta pasiva, la amabilidad forzosa y obligada que mantenemos día tras día, acaba explotando en gestos o actitudes hostiles y agresivas. Tampoco es difícil encontrarse gente que a la mínima te manda a la mierda o te insulta, o gente que critica exageradamente a los demás, incluso sin conocerles, o personas que buscan bronca y conflicto. Ayer mismo vi como un chaval joven le daba una patada a un cristal de una famosa hamburguesería (no quiero hacer propaganda) y lo rompía en pedazos, para a continuación marcharse como si nada hubiera pasado. Nadie reaccionó a eso, se siguieron repartiendo hamburguesas y patatas. ¿Vivimos en una sociedad donde todo debe parecer bonito, agradable, hecho por nuestro bien, a toda costa? ¿No será este el dogma más incuestionable de nuestro tiempo, ante el que permanece ciega más proporción de gente? Por qué tanta depresión… ¿no será en parte por atribuirnos todo lo malo a nosotros mismos, por tener que aparentar que todo está bien cuando no es cierto?

Así parece la sociedad en la que vivimos. Habrá amabilidad mientras nada sea alterado en el orden establecido. Si ocurre cualquier alteración, será severamente castigada, y problema resuelto. El descontento, el malestar, la disconformidad, se tapan y ocultan como la mayor abominación que haya nunca existido. He aquí la imagen permanente de uno de los más grandes tiranos de nuestra época: